jeudi 31 mai 2018

Fin de Baviera-en-bici




Todo tiene su fin, y “Baviera-en-bici, de-lago-a-lago”, termina con la satisfacción de haber hecho el camino, primero en vivo acompañado por el lieutenant Wakim, y siete años más tarde, acompañado virtualmente por un puñado de amigos y algunos otros conocidos que se sumaron al pelotón de lectores, digo pelotón, no por la cantidad de lectores, sino por el concepto mismo que se usa en una vuelta ciclística. Colgar estas crónicas en la página de FB es una vara extendida al universo de blogs, y confieso que soy más bloguero que “feisbucero”, FB no es más que una herramienta para llevarlos al blog. De hecho, la bitácora fue visitada 14310 veces, y entre los seguidores de la primera hora, desde el 2011, estuvo Vinesumar, especial y trilingüe; y mi fiel Úrsula, hermosa como el trigo a punto de segar, dulce como el naranjo hecho flor en primavera. Abeles, Diones, Wenzeles, Laurentinos, ibéricos, bonaerenses, isleños, pilongos, bucarestinos, primos y otros curiosos empedernidos, me hicieron feliz porque sabía que también pedaleaban a pesar de los inevitables husos horarios. A todos, gracias por tomarse el tiempo de leerme, tanto la travesía desde Saint-Jean-Pied-de-Port hasta Santiago de Compostela, como el Radweg desde Bodensee hasta el Königssee. Me tomo una vacaciones para reflexionar si cuelgo la románica Vía Claudia Augusta, la impresionante Burgerstrasse o el tramo Danubiano desde su fuente hasta Viena. Si la pereza me envuelve y el tiempo no me lo permite, justo les daré las coordenadas para hacer esos caminos. La primavera, -lluviosa y relampagueante aquí, “aguacérica” y desbordante en la Isla-, está en su declive natural, el verano presume de calores y vacaciones. Buenas vacaciones a todos, y hasta pronto! ©cAc-2018.



samedi 13 janvier 2018

Memoria, la facultad de recordar…


Un amigo, hermano de otro viejo amigo, escritores de verdad, dice que me hace trampas cuando me recuerda que Lutecia es todavía una fiesta mientras acompañados de Juana, isla y mujer, cruzamos el Sena y curioseamos en los anaqueles de los bouquinistes. La misma Lutecia que nos viera charlar, mucho, muchísimo, tratando de cambiar el rumbo de las cosas y el planeta, a dos muchachos salidos de tierras donde el candomblé y la santería, unen y desunen. Truffaut, -el cineasta, fue punta de lanza en la cinematografía gala, pero la calle parisina fue vital como refugio mío y de los amigos que alguna vez o muchas veces tocaron a la puerta. Lutecia, Truffaut. Paris, la Lutecia que abrazara a la patricia pilonga y la viera descansar en el sepulcro de Montmartre. Santa Clara. La ciudad de Marta, con su teatro que es de todos, caridad que fuera para unos, Caridad que sigue siendo, alzado en ese que fuera terreno de sanos y enfermos, de hábitos como sombras escurridas bajo la bóveda maderada de la ermita. Santa Clara, aquella de anas, óscares y josés, de apellidos peninsulares, mediterráneos, armenios, chinos y judíos, sano engranaje que dio vida al pueblo de plaza y parque, con sus bancos rojos, -ahora en el recuerdo, aquellos bancos que escucharon amores, quejas, sueños e ilusiones, que verdearon con el viento y la lluvia, y siguen escuchando, o mejor, se convierten en bancos de paso, de añoranzas virtuales, de jungla, de infantes domingueros. La calle Alemán se trunca, -quedó truncada para siempre, y se bordea la Audiencia para sortear el otrora paredón de fusilamiento, para enrumbar por el austero y triste Paseo, que la Paz no trajo consigo. Al final, la carretera nace y serpentea el pre-Escambray para llevarnos a Trinidad por Topes, o por Güinía -mochila al hombro, hablando de gauchos y mate, de guajiros y tabaco manicaragüense, o bien, entrar en el recuerdo de años adolescentes, para hacer una pausa en Mártires, que vio tejer amistad, amores, dolores y sobre saltos, y mi primer cumpleaños, lejos del hogar pero bendecido por mi madre, que la veo alejarse, sola, después de haberme dado un beso, por el camino que cruza el Arimao. Vegas de tabaco a uno y otro lado de la carretera, río, siempre el mismo, el Arimao, y puentes y pueblos que gustan porque siguen siendo pueblos, de columnas y portales, de gallos kikirekeando y gallinas escarbando, de guajiros a caballos y mujeres en simple comadreo. Y me recuerdas el lago, y veo llover mientras nos tomamos un ron en el bar cafetería del caserío, sin el salto del río -otro río, convertido en hidroeléctrica por ingenieros norteamericanos. ¿Qué puede ser más fuerte que el recuerdo y la amistad, la vocación que nació en muchos, o que se perfiló en el andar entre pasillos comunes, dormitorios con multitud de olores y maestros apenas una cuarta más grande que nosotros? Un lago, una mochila, una calle, una escuela que me suena lejos, fría, calurosa, con matices tenebrosos, columnas de cemento, aún sin terminar, dónde volví a tomar café con leche y mojar el pan que me tocaba, jugar, escribir, vociferar, pelearme, hacerme grande, hacerme único, y todo para terminar amigo, de sanos amigos, de nombres en el recuerdo que sólo visten un uniforme a dos tonos de azules. Mercedes, que era mi abuela, y la Sosa, la otra Mercedes, que dio gracias a la vida y que me hace a mi también, cumplir con la gratitud de viajero, viajero empedernido, -deben haber comprendido, y que tuvo la suerte de galopar temprano, cuando los Balcanes sentían la rosa, Mittel-Europa todavía era sepia y gris sovietizada y Barajas era un minúsculo aeropuerto, justo un año antes de la desaparición del franquismo. ©cAc-2018

samedi 6 janvier 2018

Los Reyes Magos

La víspera del sexto día de cada nuevo año, -y el 2018 no es una excepción-, me viene a la memoria aquella imagen infantil que representaba a Melchor, Gaspar y Baltazar, montados sobre camellos, y guiados por la estrella de Belén, andando el desierto, para entregar los regalos, que aparecerían debajo de mi cama al amanecer del día 6. En ese entonces yo no conocía la Epifanía, ni la “galette des rois” a la frangipane o la provenzal “couronne des rois” con frutos confitados. Cuántas veces me pregunté por la capacidad de almacenamiento de los tres reyes en sus alforjas, la rapidez de la distribución en un perímetro tan grande, -grande, enorme, era el espacio que circundaba mi casa-, y la duda, de cómo lograban entrar en la casa, por alguna hendija -para desterrar la duda de mi cerebro, argumentaban el que dejaban una puerta o ventana entreabierta- y sin hacer ruido ni sorprender a nadie. En esos años infantiles, los reyes me dejaron una bicicleta, una guitarra, un par de patines, y otros juguetes que no recuerdo, quizás porque la bicicleta como regalo, logró absolutizar mis juegos y preferencias, y con ella -y por descuido- aplasté la guitarra en una carrera desenfrenada. El desbarate de la guitarra fue una premonición de mi ineptitud por la música. Apenas comenzaba a tomarle simpatía a los insuperables reyes, cuando en lugar de escribirles mi torpe carta, tuve que señalar con el dedo índice el juguete que prefería, de aquellos expuestos en la vitrina de alguna tienda. Tienda designada, en eso -por aquello de olvidar mezquindades-, no entraré en detalles. Adiós Reyes Magos. Mis mayores, corre por aquí, corre por allá, para encontrar aquella tienda, colas, números, guardias, y recontra-guardias, para cuando cantaran el número, estar presentes y no perderlo…, una odisea, temprana en el recuerdo de un niño. En lugar de soñar con aquellos nobles tres reyes, tuvimos que aprender que un buen juguete, nos gustara o no, era un juguete básico, y que dos juguetes menos interesantes, se denominaban juguetes no básicos, y que más tarde uno de ellos dejaría de serlo para convertirse en opcional, o algo parecido. Pueden ayudarme a refrescar la memoria, y mejorar mi texto, escrito entre recuerdo y amargor, propio a la experiencia. No pensaba escribir nada, pero el pasearme esta mañana por la sabatina venta de antigüedades y brocantería de Villeneuve-lez-Avignon, me hizo cambiar de opinión. Apenas llegado delante de la mesa de una anticuaria donde pensaba chinear un conjunto de beniteros, en un recodo, un juguete me esperaba, justo para que memoria, recuerdo y nostalgias se dieran la mano y me propulsaran atrás en el tiempo. Aquella guagua china, rojo metálico, con el mismo olor penetrante del metal de su chasis, aquella que me llevó tantas veces de Pekín a Shanghái por la carretera inventada en la sala de mi casa, que además de guagua, se preciaba de juguete básico, estaba esperando para que yo la llevara conmigo. cAc©2018

dimanche 30 avril 2017

San Felino y sus Maullidos (Jorge L. Sanfiel)



La Casa de la Ciudad, en Santa Clara, expuso desde febrero de este año y hasta finales de marzo, una exposición personal del artista plástico Jorge Luis Sanfiel Cárdenas. Para acercarlos a la obra - una referencia gatuna prodigiosa-, les invito a leer la presentación de Mercedes D. Cespón para San Felino y sus maullidos.

Habiendo tenido la oportunidad de visitar la exposición, y acompañados por el artista, que además de reservado y tímido, es un excelente anfitrión, nos encargamos de fotografiar a casi toda la familia felina reunida en las piezas del recinto cultural villaclareño de la calle Independencia. ©cAc-2017














Jorge Luis Sanfiel. 



samedi 26 novembre 2016

Las bici(ruedas) de Manuel Perdomo (suite del texto precedente)


Manuel Perdomo y el autor del artículo. 

Manuel, manual, artista artesano




Haría presume de un mercado umbroso en su Plaza, plaza que al anochecer enciende sus faroles y transporta lejos en el tiempo, muy atrás, cuando era calle y plaza rodeada de hermosas viviendas, y se llamaba entonces, Plaza León y Castillo. La brisa yendo y viniendo como los años, y el pueblo viendo crecer sus familias. Apenas comenzada la década del 40, y para ser precisos en el año 42, Haría vio nacer a un varón nombrado Manuel, arropado en hierro y fino serrín. Como una rueda, la vuelta se hace, y el tiempo fue rodando hasta nuestros días, y me permitió conocer al hombre que naciera moldeado por el hierro y la madera: Manuel Perdomo. Manuel se paseaba por el mercado acompañado de una bicicleta. Y no una bicicleta cualquiera. Como un tesoro listo para llevar a un museo, la bicicleta me guiñó un ojo farolado y me atrapó en las redes de la curiosidad. Primero me llamó la atención, la rueda trasera, de diámetro veinte y la minúscula rueda delantera. Luego comencé a devanarme los sesos ante aquel artefacto, pura bicicleta. Los elementos del cuadro, el sillín, el plato, en fin, todo el tren delantero, me parecieron, en lo personal, -que, aunque no conozco mucho de su anatomía, he visto y montado sinnúmero de bicicletas- algo salido de manos maderadas. La madera era el elemento que aportaba esplendor al biciclo. Y al siguiente sábado, bajo la sombra de la arbolada plaza me esperaba otra bicicleta para deleitarme en formas y ondulaciones que sobre el metal y la madera, puede el arte manual encapricharse. Caprichos de artesano que solo amor y trabajo pueden vencer. Una bicicleta de lujo que no nos permitiría andar y desandar caminos como nos lo permiten la gazelle y la gitane cuando con ellas atravesamos Alpes y Pirineos. Reservado y tímido, Manuel no cierra puertas a quien lo interpela, y aunque el tiempo me apremiaba, pudimos cruzar cuatro palabras y quedar para un encuentro. Fue así como pude respirar el olor del aceite y el serrín disputándose la supremacía de un atelier colmado de fresas, tornos, materiales por doquier, maderas crudas y maderas ya modeladas, artefactos, motores, ruedas, ruedas, y otras ruedas aún más imponentes, todas vivas, o esperando el momento de activarse para darle vueltas a la imaginación y el desenfreno, por manos bien dispuestas a recrear el arte de forjar, de carpintear, de amasar bujes y bielas, de combinar el hierro y la madera. El carpintero ebanista, tiene en su haber, trabajos que quedan para siempre y se visualizan cada día. La balaustrada de caoba del Cabildo de Lanzarote; la meticulosa imbricación de la carpintería interior del techo de la que fuera casa del alcalde López Fontes, -que albergaba, comenzando el siglo XX, el Archivo Municipal-, reconvertida en Museo de Arte Sacro. Lo viejo se redescubre nuevo entre las manos de este hombre madera obsesionado por las ruedas, y lo antiguo vuelve a tener vida, -ahora con una exquisitez en la profusión de maderas-, y da gusto aprender, volver a ver andando las carretillas de antaño e imaginar al guajiro canario alimentando de arena su parcela de volcánica tierra, a los estibadores en el lleva y trae de bultos traídos a los muelles isleños de allende los mares, o a los salineros de las Salinas del Río desplazarse con ellas entre los montículos de oro blanco fulgurante. Enteramente de su creación, la calesa construida por Manuel, hace doblemente elegantes las romerías conejeras. Y más aún, la bola canaria, -prima de la petanca del mediterráneo francés-, encontró en este gentilhombre, el otro padre de las impresionantes piezas redondas, que también como ruedas, ruedan en las tardes apacibles del isleño, llegada la hora del descanso.
Así como escasean el moral y el eucalipto, escasean hombres con la madera de Manuel, fieles a la tradición, al recuerdo imperecedero de una historia familiar. Sin embargo, el atelier, la savia escondida en las venas de las maderas esperando su hora de talla e incrustaciones, el aire enrarecido de serrín y el olor a hierro salido de la forja, tienen mucho Manuel como compañero de sueños y ruedas, que volteando hacen latir sus manos de minuciosos dedos. ©cAc-2016

En la página siguiente podrán apreciar la colección de ciclos de Manuel Perdomo.