mardi 14 mai 2019

Lu-cats


A la différence de Kalú, Lu-cats est discrète, solitaire, presque timide. Kalú lui fait peur. Elle est noire, noire comme un corbeau, noire comme la nuit qui tombe généreuse enveloppant la mazade. Rien de particulier, par rapport à Kalú, mais nous pensons à Méli, noire comme l’ébène ; nous pensons à notre panthère noire, Meyko, l’impératrice, toutes les deux parties pour toujours. ©cAc-2019

lundi 13 mai 2019

Kalú, drôle de chien


Coup de foudre dès que nous nous sommes rencontrés à l’ombre des châtaigniers. Museau froid humide, la queue à vocation de plumeau. Kalú frappe à la porte avec son museau, maigre branche à la bouche, et sur la vitre, sa transpiration canine imprime son sceau animalier. Il court, il saute, nous lui suivons comme deux enfants. Il part à droite il part à gauche. Il se perd, mais il réapparaît plus loin sur le flanc qui descend vers le village. Vient ici Kalú, tiens !, et nous lançons loin une pomme de pin. Drôle de chien, il nous offre un spectacle dans le plus simple théâtre de Les Cévennes, la nature. ©cAc-2019

dimanche 12 mai 2019

Máter Madre Mère Mãe Mother Mütter Mатери Günü Matki Maйkat


El primer contacto, el primer sonido, la primera caricia, la sonrisa más dulce, es aquella que Madre nos proporciona. Y madre se queda para siempre, en el más sagrado de los rincones del alma. Tenerla es una mina de riquezas, perderla es la ausencia más dolorosa. No importa de quien haya sido la idea, si de Julia Ward Howe al final del XIX, o de Ana Jarvis a inicios del siglo XX. A la celebración se unió Cuba desde la década del veinte. Unos dicen que fue en Santiago de las Vegas la primera celebración pública en la Isla, otros que la primicia la tuvo Puerto Padre. Cuentan mis tías que ese domingo de mayo los hombres portaban en la solapa un clavel, blanco si llevaban con ellos la pena de no tenerla, rojo si la madre les sonreía todavía. Trece mayos ha que mi madre falta. Otros vendrán, ausente ella para siempre. No porto clavel en la solapa como hicieron mis tíos, porto la alegría de haber nacido, de ella, de guardarla en la memoria como un cristal fino que solo yo puedo tocar. Y me uno a la alegría de quienes pueden besar a la suya, pienso en la mía, y hago extensiva mi salutación a todas las madres.
Tres esculturas a la madre quiero así compartir con todos aquellos que por casualidad o por costumbre entren en esta bitácora hoy domingo, y con aquellos, pilongos o no, que alguna vez pasaron frente a esos monumentos sin prestarle atención.
En el antiguo Hospital de Maternidad de Santa Clara, edificado en la carretera de Camajuaní en las primeras décadas de la República, sobre un pedestal de granito, una madre carga a su hijo y juntan sus mejillas mientras el niño rie gozoso y la acaricia. En el pedestal una placa cortesía del club Lions International Santa Clara, lleva impresa “Las madres son amor, no razón, son sensibilidad exquisita y dolor inconsolable”, fechada 1952-59.
Más accesible que la del viejo hospital de maternidad, es la estatua colocada en el Hospital Materno de Santa Clara, situado en la avenida Marta en la zona hospitalaria. La estatua, representa a una madre amamantando al hijo que acaba de traer al mundo y a su primogénito que la acompaña mientras hojea un libro. La estatua es de factura modesta, y en el pedestal dice simplemente MAMÁ.
La tercera, una madre sostiene a su hijo, y lo mira como el fruto tierno que ha salido de sus entrañas. Esta estatua, que puede verse desde la acera, está colocada en el jardín de la Logia Perseverantes en la carretera Central. Como lo dice su placa, es un homenaje de la Logia a las Madres del mundo.©cAc-2019


Enhorabuena y felicitaciones!

vendredi 10 mai 2019

Vieux chemin de Villefort



Entusiastas a pesar del tiempo entreverado, decidimos descubrir el camino que nuestra anfitriona nos recomendaba. Kalú también se unió al entusiasmo y meneando la cola, se nos adelantó por un atajo que lleva al caserío. Por un sendero que bordea una desvencijada, -yo diría abandonada- granja, llegamos al punto en el que debíamos bifurcar a la izquierda y seguir todo recto hasta donde quisiéramos detenernos y luego regresar. Camino estrecho que en su tiempo fuera un poco más holgado, va contorneando el flanco mientras desciende hacia el Cèze. El camino estuvo recubierto de lajas de esquisto, unas incorporadas, otras nacidas allí. El gris veteado de oros y verdes fulgura cuando el sol sale desvestido de detrás de gruesos nimbos. La vegetación es exuberante, castaños y robles se disputan la terraza superior del camino, toda lajeada, los pinos se conforman con crecer en el desfiladero, y como manto que cubre sin límites, los helechos de fina hoja nervada. La genista perfuma con su amarillo rey. Una culebra se asusta al vernos y se escurre entre los esquistos que forman una pared. A medio camino descubrimos la vieja Simca abandonada, ahora envuelta en hiedra y hojas secas que cubren lo que queda de sus asientos. La Simca, excelente carrocería, a pesar de los años y el olvido en el viejo camino de Villefort. Todavía deseosos de caminar y entusiasmados doblemente con la máquina, decidimos hacer par de kilómetros más hasta el claro desde donde se advierte el Cèze, abajo, en el valle, arenoso, irradiando beige y azul de una transparencia fenomenal. Satisfechos de ver el río, de escuchar el golpeteo de sus aguas queriendo saltar un rápido, disfrutar del murmullo del pinar embelesado por la ligera brisa viniendo del norte y  un poco empujados por el cansancio, volvimos atrás, por el sendero que fuera camino, saltando lajas, subiendo ahora lo que antes descendimos. Respirando a pulmón pleno, llegamos de nuevo al cruce donde termina el camino, y otro camino, ahora asfaltado, lleva al caserío, y nos devuelve a la mazade. ©cAc-2019

jeudi 9 mai 2019

Brin d'anniversaire


Blanches, les clochettes sentent le printemps.
Les grappes comme tes mains, petites fleurs.
Jeune or, tige verte, pétales, juste six pétales.
©cAc-2019

mardi 7 mai 2019

Jardín du Tomple (Au pied du Mont Lozère)



Entramos por el fondo y salimos por la entrada. Salimos con la cabeza florida y el cuerpo « ajardinado », y por encima, habiendo saboreado un sirope casero a la sombra del micocoulier. Antes de imaginar el jardín, casi secreto cuando intentamos descubrirlo desde algún flanco de los montes que envuelven Génolhac, pensamos en la rareza del nombre, Jardin du Tomple. Ni Temple, Ni Templo. Simplemente Tomple. Una paleta vegetal con un derroche de verdes y otro tanto de colores tiernos, como la ternura que reciben las plantas y arbustos, acariciadas por las manos de la familia. Jardín y familia, enclavados en un valle aireado medio salvaje, con rumores que mezclan al Amalet con el silbido del pinar, aleteo de mariposas y trino de pajaritos que también disfrutan de las gramíneas, de los rosales, las hermosas peonías y de los estanques con nenúfares. Jardín para caminar, sentarse y reposar, y descubrir obras de arte diseminadas entre los canteros y en las menudas alamedas floridas. Cuando decidimos terminar la visita y comenzamos a darle la espalda al jardín, situado a los pies del Mont Lozère, nos preguntamos si era magia, amor, pasión, arte de vivir, de cuidar, de mimar, aquella mancha vegetal, verdaderamente remarcable. ©cAc-2019


 Le Jardin du Tomple – Le Tomple 30450 Concoules. En allant de Génolhac (à 1,5 km) à Concoules par la D906.

Le Pont du Jeannot


El sendero en bucle conocido como Du Pont du Jeannot no estaba programado para la tarde del martes. Visitar el jardín de Tomple estaba previsto antes de quitar Charnavas. Se accede al jardín por una cuesta que desciende desde la D906, a un kilómetro y medio de Génolhac. Nosotros nos metimos en la cabeza que tendría que existir una entrada por el fondo del Jardín, y como « tête de mule » que somos, decidimos entrar de otra manera. Nuestro anfitrión nos propuso gentilmente llevarnos hasta donde comienza la pista que desciende a Montredon, y desde ahí, caminar por la enrevesada pista, a veces engañosa, bordear manantiales, saltar pequeñas cañadas, escuchar el lamento de los pinos maltratados por el viento, y ni qué decir de aquellos tumbados a tierra, prestos a ser llevados a un aserradero. Renoncules y pissenlits disputándose las orillas de la pista, los piñones poniendo zancadillas y las agujas de pino creando alfombras misteriosas. La hojarasca amarillenta, seca o indefensa ante la humedad que reina en el sub bosque, se deja pisar sin lamentos. En lo más bajo de la pendiente, donde la pista desaparece y da paso al hermoso sendero verde-marrón, un clamor de aguas saltando piedras, espolones rocosos y canjilones vestidos de musgo, nos hizo detener. Por allí corre el Amalet, y para cruzarlo, no más que atravesar el Pont du Jeannot, encontrado al azar, y sin idea de qué hacer, continuar el sendero?, la transpiración condicionada por el pánico de perdernos, la ausencia de red en el teléfono, la angustia de volver atrás, y volvimos atrás. Volviendo atrás, un tímido « jardín » escrito sobre una plancha de madera, a su vez claveteada sobre el tronco de un roble, nos devolvió el respiro y los deseos de tomar el desvío anunciado. ©cAc-2019

lundi 6 mai 2019

Sénéchas

La météo anuncia continuidad de los vientos. El cielo ampliamente despejado. Dejamos la « mazade » a media mañana con el firme propósito de caminar hasta Sénéchas. El viento unas veces nos empuja, otras nos frena. Los pinares murmullan a coro y los helechos danzan protegidos. Desde la « mazade » hemos caminado poco más de un kilómetro. Al llegar al puerto de Charnavas, están indicadas las rutas que llevan a Génolhac, a Aujac y a Sénéchas. La señal à Sénéchas indica cuatro kilómetros. Es nada. Salvo que habrá cuestas y descensos. En la caminata se atraviesan algunos caseríos de la comuna. El primero fue Chalap. Las casas empedradas colgando del flanco de la montaña, las lilas de España rojeando la cuneta, la hiedra invadiendo sin compasión los troncos de los robles y los castaños. El segundo caserío, Les Brugèdes, mirando las colinas del sur, un panorama salvaje de pinares que acaparan todos los tonos del verde. En los bordes de la ruta, el iris es rey, malvazul, malvarosado, el viento los dobla y despeina sus frágiles pétalos. El flanco de la colina donde se cuelga Les Fontanilles, es menos impresionante, 440 metros de altitud. Aquí los iris son blancos. Los robles entrecruzados hacen un túnel de sombra. El sol incidiendo sobre los techos de laja de esquisto encandila la vista. Proseguimos la ruta, siguiendo la silueta azul de los montes a nuestra derecha, y en un recodo, de golpe, aparece frente a nosotros la torre campanario de la iglesia. En Sénéchas, estamos en lo más norte del departamento del Gard, hacia el norte, el río Cèze se desplaza por un modesto cañón, y por el sur, bordeando las estribaciones del monte, el Homol, a su vez afluente del Cèze. Ayuntamiento, casas e iglesia llevan la marca de la laja y la piedra en sus techos y muros. A un costado del cabildo, el cementerio comunal, y en la plazoleta que da paso a ND de Sénéchas, la cruz de la Misión, que data del 1851. La iglesia, abierta, respiraba la paz de sus iconos iluminados por la luz tenue de los vitrales. No hay monumento al “poilu” pero la comuna perdió veinticuatro hombres en la primera gran contienda (1914-18). Al abrigo del viento y sobre un banco soleado, piqueniqueamos y nos regalamos una pausa antes de visitar la callejuela empedrada del “village” y llegar hasta el caserío nombrado L’Esfiel. Con el toque de campana del mediodía, volvimos nuestros pasos a la “mazade”, ésta vez, jadeando en las subidas y arrastrando los pies en las largas cuestas que llevan al Col de Charnavas. ©cAc-2019