samedi 2 novembre 2019

Fieles difuntos o día de los Muertos


Llámese como se llame, el segundo día del mes de noviembre se recuerda a los que ya no están entre nosotros. La fecha que durante años y años de nuestras vidas pasa como un día más, como otro día cualquiera de la semana, se nos hace chica inscribiendo en ella a todos los que faltan. Basta que la ausencia sea aquella de la persona a la que no pensabas agregar a la lista y de golpe te das cuenta que tienes un montón de Fieles Difuntos a quienes debes un pensamiento. Aparecen todos los abuelos, tíos, primos y amigos que partieron, aparecen porque falta ahora el personaje principal de la pieza que juegas en la vida.
Mi madre ponía flores a sus muertos en la casa y no recuerdo haberla visto acompañar a sus hermanas al cementerio, protegidas por viejas sombrillas, a pie, comadreando, llevando sus ramos comprados bien temprano el domingo, y regresando en coche de caballos, que hacían su fila frente al camposanto. La tía que queda, ya no tiene fuerzas para andar el mismo camino y mucho menos regresar a su casa en bici-taxi. Sin embargo, Migdalia Estela tiene presente a sus fieles difuntos, a sus muertos.
Santa Clara aún duerme mientras yo escribo esta nota. Habrá sol y nubes queriendo expulsar una llovizna que hará más fresco el día, que comenzará con 22° y sin temor a huracanes. El cementerio abrirá su puerta principal dentro de dos horas, y como es sábado, es posible que acudan muchas más personas que lo habitual. A la izquierda del pórtico, en el exterior, estarán situados los vendedores de jardineras y placas en granito, y floristas proponiendo azucenas, gladiolos, boquitas de león y girasoles. Adentro, en la quietud de la vida detenida, los ausentes, los que partieron un día.
Me tomo una pausa para pensar en aquel 2 de noviembre en que dejamos Quito para ir a Guachala, una de las más viejas haciendas del Ecuador. Apenas instalados en la hacienda, salimos a la carretera y tomamos un autobús hasta Cangahua. El pueblito bullía, y cada vez llegaba más gente, en su mayoría, habitantes de las comunidades indígenas que viven en los alrededores, una zona de suelos cangahuosos, volcánicos, trabajados por la erosión. La aridez se reflejaba en el rostro de los indios, cabizbajos, silenciosos, en marcha hacia el cementerio con sus jolgorios de comidas, sus recipientes de colada morada y sus guaguas de pan. Asistimos a la fiesta que ofrecen los vivos a los muertos, comiendo los platos que gustaban los ausentes, tomando las bebidas que ellos preferían, sentados sobre la tierra seca, o desyerbando un cuadrado pobre donde un ser querido reposa. La tristeza nos invadió y al rato dejamos el cementerio, al que seguían acudiendo blancos y mestizos de poblaciones allegadas y los indios con sus ponchos coloridos, las mejillas quemadas por el viento seco que sopla en los Andes. De regreso a Guachala, en lugar de bajarnos en el portón de la hacienda, seguimos a Cayambe, un pueblo a los pies del volcán del mismo nombre, alto de casi 6000 metros. Cayambe era también un hormigueo y las galerías interiores del cementerio apenas daban cabida a tanta gente. Escenas familiares tristes y acordes de guitarras en cada recodo del camposanto. Un músico ciego iba de tumba en tumba sacándole a su acordeón notas muy tristes y letras quejosas que envolvían el lugar de una honda melancolía.
En apenas cuarenta y ocho horas visitamos tres cementerios. Aunque  no somos supersticiosos, tanta tristeza y cruces y nombres, y muertos esperando a alguien que nunca llegaba, nos tocó fuerte en el pensamiento y la imaginación, -todavía no éramos huérfanos-, nos miramos sin hablar, otro acorde de guitarra nos produjo un escozor, una voz desconocida nos gritaba de salir de una vez de aquel festival de vivos y muertos. Atravesamos Cayambe con prisa buscando el camino a la hacienda de Guachala.©cAc-2019

vendredi 1 novembre 2019

La Toussaint (Todos los Santos)


Hoy es feriado en Francia. Quizás un viernes como otro cualquiera aunque realmente no lo es. Es el día de Todos los Santos, la Toussaint, que promete ser colorido y húmedo. No faltarán reportajes en casi todas las cadenas de televisión, mostrando las visitas a los cementerios, los familiares poniendo flores, un ramo o un tiesto enorme de crisantemos. Todo limpio, la perfección, el humanismo, la familiaridad. En apariencia. La perfección no existe, es como un sinónimo de hipocresía cuando brota ese  “tout va bien” que no es tan “tout va bien” como la gente hace querer ver. El humanismo visto como una visita a los ancestros desaparecidos, cuando en vida faltaron tantas visitas. La familiaridad expresada como el “partage” de sentimientos de tres generaciones poniendo crisantemos en una losa marmórea, o el silencio impregnado sobre una tapa humilde salpicada de moho. En la vida cotidiana, esa del “tout va bien”, las tres generaciones apenas se codean, ni tan siquiera un timbrazo para saber si de verdad “tout va bien” o cómo van realmente las cosas. Pienso en los mayores abandonados que murieron un verano canicular, solos en sus casas. Los mismos que yacen solos en los cementerios coloridos de un primero de noviembre. El feriado inunda de silencio el barrio. Saldré para caminar por sus calles vacías, y quizás los pasos me lleven al cementerio de Montmartre. El manto gris que envuelve al día, va a confundirse con el gris de las losas, unas con nada, otras soportando tiestos de margaritas y crisantemos. Sepulcros vacíos, sepulcros a perpetuidad, ennegrecidos por la contaminación, vestidos de musgos de un amarillo ocre, salpicados de manchitas blancas. En la entrada principal voy a comprar una rosa, si blanca mucho mejor, con una lágrima escondida entre dos pétalos. Me detendré frente a la losa sobre la cual está inscrito ESTEVEZ y aunque Marta es polvo en su sepulcro del habanero Colón, colocaré la rosa en aquella que fuera su temporal morada. La pondré al corriente del caudal del Bélico, de su Santa Clara cayéndose a pedazos y le hablaré del timbre impreso en su memoria. Me despediré sin promesas, no sé cuando vuelva, qué podré hacer por ella. De regreso, cabizbajo, caminaré por la avenida de los polacos, atento al gorjeo de un cuervo perdido entre las galerías de las diferentes divisiones. De ese lado, nadie se paseará, excepto yo, una dosis de tristeza en mis pensamientos. Volveré atrás, o adelante, a la puerta del cementerio de Montmartre, para volver a pie a mi casa. ©cAc-2019

jeudi 31 octobre 2019

La Toussaint (Todos los Santos)



Mañana viernes, 1° de noviembre de este 2019 será el día de Todos los Santos. No sería honesto si les invento una historia de mis recuerdos de ese día en Cuba. Tengo pocos o no los tengo. Y no es que los haya borrado, si no que a fuerza de registrarlo en mi cabeza como “la Toussaint” lo vivo de otra manera, porque en realidad, en la Isla, la tradición es celebrar “los Fieles Difuntos” el 2 de noviembre. Recuerdo haber estado en Quito un 1° de noviembre. Aprovechamos para visitar el Cementerio de San Diego, creo que el más antiguo de la capital ecuatoriana, inaugurado en 1872 y hecho público desde 1900. Los periódicos quiteños no hablaban más que del día de los muertos, de la colada morada y de las guaguas de pan. Los ecuatorianos disfrutaban de casi una semana feriada mientras el gobierno de Lucio Gutiérrez se tambaleaba. Para llegar al camposanto atravesamos media ciudad siempre yendo hacia el norte y luego circunvalándola hasta su entrada por Imbabura. Un cementerio es siempre algo triste, por muy bullicioso que lo haga un día de afluencia con músicos y vendedores ambulantes. Mis impresiones del San Diego arropado por un cielo azul me conmovieron, porque además, me sorprendió con una lápida que construí usando mis fantasías de escritor. En el San Diego descubrí la tumba de Ana Miranda, personaje siniestro en uno de mis cuentos. En ella pensé largamente mientras tomábamos una “colada morada” poco después del mediodía, para digerir las apetitosas moscas y otros insectos fritos que proponían los vendedores a la salida del cementerio. Mañana será feriado en Francia y si hace buen tiempo, cosa rara un primero de noviembre, nos daremos un salto a alguno de los numerosos cementerios parisinos o de los alrededores, donde la vida comienza a llamarse historia y la historia la cuenta el mármol y la piedra.©cAc-2019.

mercredi 10 juillet 2019

Souvenir gatuno (Noble, Anastasio y Negrito)



Llevo día dándole vueltas a la “détresse” que puede estar envolviendo a un viejo y querido amigo. LuisFer ha perdido en solo tres días, tres gatos. Y pensando en él, porque hemos tenido la oportunidad de acompañarlo en su ronda de mimos y cuidados, y pensando en Noble, Anastasio y Negrito, he querido con este texto,  y con los siguientes, rendir homenaje al planeta felino que ocupa, y con derecho, un espacio en la tierra junto a nosotros los humanos. Qué sería de otros Anastasios, Negritos y Nobles si no existieran almas altruistas como la de nuestro amigo, cuya generosidad no tiene límites, y sus rondas a cada final de tarde, transforman el desamparo en refugio, amor y desprendimiento. Evidentemente, hay muchos LuisFer entre nosotros, conocidos y desconocidos, que desinteresadamente entregan de su tiempo, de sus economías, para proteger la orquesta de maullidos que deambulan por parques, que erran por calles, o que disfrutan del abrigo hogareño donde pueden dar rienda suelta a horas de somnolencia. Melie, la sombra negra madrileña llegada en un tren y que duró veinte años a escasos metros del Ródano. El recuerdo de Basti, genuino bilingüe franco-alemán, aplastado por una Peugeot desenfrenada, me hace escribir estas líneas que son también para recordar a Pepy, botada en una ruta paralela al Ródano pero feliz ahora con el cuido de una gentil aviñonesa; y recordar a Naritza, enferma, inquilina de un refugio en la isla griega de Amorgos; Thoni, sorprendido por un exceso de cariño humano a los pies de un monasterio en Kalambaka o Tetina, maternal gata cuidando a capa y espada a sus revoltosos cinco gatos en la pequeña isla de Folegandros. Mimina, acabada de mudar a un espacioso apartamento; Zvarina, atigrada, esperando una ternura pasajera en la isla del mar Adriático; Grisetta, que entra en la cocina de David cuando ella gusta, o Rouqui, puntual cada noche a las veinte horas, esperando su pozuelo de croquetas, y la lista sería interminable, y caben otros, Misa, Grisa, Neko, Yuki, Narisa, Amarillo, Angora, exterminados por los palomeros del barrio colindante con el Bélico, que ven en los gatos sus enemigos, y también “une pensée” para todos los anónimos que desaparecieron, cuando el “periodo especial” hizo flaquear estómagos y sentimientos. Y para concluir este recuerdo gatuno, un saludo a nuestro amigo pintor de gatos, feliz  San Felino con pincel en la mano, y que nos empujara a conocer a Soumise, Felimare, Gazette, Lucifer, Ludoviska, Pyrame, Thisbée, Serpolet, Rubis sur l’ongle, Gavroche, Ludovic le Cruel, Mimi-Paillon, Perruque y Mounard le Fougueaux, éstos, que fueran los catorce gatos del Cardenal Richelieu. Como decía Hilda Velia, no hay que llorar a los gatos, hay que quererlos y tratarlos bien en vida. Aquella vez llorábamos a la emperatriz Meiko. ©cAc-2019

mardi 9 juillet 2019

Souvenir perruno (Chili, Perri, Oky, Chocolate, Jimena y Chambeco)


Siendo demasiado niño, -tan niño, que el recuerdo es nebuloso- me tropecé en un camino, patio, jardín o traspatio, -tampoco recuerdo con exactitud- con un perro bien nuevo, blanco, juguetón y moviendo la cola sin descanso. Lo nombré Chili, y Chili desapareció un día sin dejar rastro de su desmesurada alegría. Tiempo después de haber desaparecido Chili, apareció aquella perrita amarilla, -sata, decía mi padre-, de talla mediana, con ojos tristes y el rabo entre las patas. La nombré Perri, y era también yo todavía demasiado niño para comprender la maldad de los humanos. Perri buscaba amparo entre nuestras piernas y el vientre destacaba un venidero parto. Era tímida y juguetona. No le faltaba comida y mi compañía, los dos tirados por el suelo buscando el frescor en las tardes calurosas. Una, o más bien, dos despiadadas manos teniendo agarrada por sus dos asas una cacerola de agua hirviendo pusieron fin a la vida de Perri. En las sobremesas familiares mis padres hablaban de Leal, y de otros canes que vivieron bajo su techo, pero entonces yo todavía no había nacido. Al final de la década del 70’ -entonces ya conocía los declives de terreno que envuelven La Moza-, un “petit comité” de amigos del preuniversitario decidimos hacer campismo (antes de ser oficial e impuesto como popular) en los parajes donde el Arimao atraviesa vegas y baña enormes canjilones de mica y serpentinita. La noche de truenos y aguacero se convirtió en tempestad, oscureció al Escambray y un golpe de agua nos dejó huérfanos de materiales y tienda de campaña. La creciente desbordó el Arimao y pasamos la noche en un portal de La Moza. También allí durmió Oky, perdido, sin rumbo. Me lo llevé a Santa Clara y nadie en mi casa se opuso al nuevo integrante del número 312 de la calle Alemán. Oky murió años más tarde y casi enseguida apareció Chocolate. Hizo el viaje de La Habana a Santa Clara en la caja de herramientas de un Hino japonés, -por gentileza del conductor, al descubrir al perro flaco y desgarbado sacando la cabeza de la mochila naranja made in Poland de las que vendían en las tiendas Amistad. Chocolate no conoció larga vida al morir estropeado por una rastra en la carretera de Camajuaní. A Jimena le hice seña frente al Hotel Central. Y bastó una vez que le dijera “ven, Jimena, ven” para hacerme acompañar por ella hasta la casa de mis padres. No hubo objeción en que durmiera aquella noche. Y las siguientes. Venía preñada, y de aquel parto (nunca me dijo si ya era madre o era su primer parto) nació Chambeco. Buscamos a quienes regalar los hermanos de Chambeco. Había qué comer en la casa, pero el instinto animal de madre la empujaba a salir a buscar algo con qué alimentar a su Chambeco. Siempre se aparecía con algo entre sus fauces. Tampoco sé si robaba la piltrafa o se la tiraba el carnicero. El mismo carnicero que cansado de verla husmear cuando llegaba la carne, le tiró el trozo envenenado del que ella comió la mitad y la otra mitad la llevó hasta la puerta, sin maldad, para compartir con Chambeco. Pero Jimena no llegó a subir el escalón, perdió fuerzas y la encontramos agonizando, ya casi muerta. Quedó huérfano Chambeco, alocado, ladrador, coleando y saltando, y así duró catorce años. Corría el 2006, y supe la triste nueva por mi madre, ella en un susurro, yo del otro lado del Estrecho. Desde entonces no he vuelto a encariñarme con otro perro, justo jugar, pasar la mano, a los perros de primos y amigos. ©cAc-2019
(Texto trampolín para saltar al souvenir gatuno!)

mardi 14 mai 2019

Lu-cats


A la différence de Kalú, Lu-cats est discrète, solitaire, presque timide. Kalú lui fait peur. Elle est noire, noire comme un corbeau, noire comme la nuit qui tombe généreuse enveloppant la mazade. Rien de particulier, par rapport à Kalú, mais nous pensons à Méli, noire comme l’ébène ; nous pensons à notre panthère noire, Meyko, l’impératrice, toutes les deux parties pour toujours. ©cAc-2019

lundi 13 mai 2019

Kalú, drôle de chien


Coup de foudre dès que nous nous sommes rencontrés à l’ombre des châtaigniers. Museau froid humide, la queue à vocation de plumeau. Kalú frappe à la porte avec son museau, maigre branche à la bouche, et sur la vitre, sa transpiration canine imprime son sceau animalier. Il court, il saute, nous lui suivons comme deux enfants. Il part à droite il part à gauche. Il se perd, mais il réapparaît plus loin sur le flanc qui descend vers le village. Vient ici Kalú, tiens !, et nous lançons loin une pomme de pin. Drôle de chien, il nous offre un spectacle dans le plus simple théâtre de Les Cévennes, la nature. ©cAc-2019