Tanto física como política, la geografía fue una materia que me subyugó sobremanera, y mientras escribo este texto, recuerdo aquel Atlas impreso en la entonces República Democrática Alemana para los escolares cubanos, que se convirtió en un avión de papel con el que viajé medio mundo, unas veces solo, otras acompañados por condiscípulos que tenían el mismo interés mío como descubridores del planeta tierra, punteando con un dedo ríos y montañas. Y en cuanto a ríos, la maraña hidrográfica europea fue algo que siempre me llamó la atención desde muchacho. Menos muchacho, pero sintiéndome como tal, he podido dar rienda suelta a esa subyugación por los ríos, habiendo vivido a dos pasos del Sena y hoy viviendo pegado al Ródano. Hace dos meses atrás, pedaleé por los bordes del Mosa (Meuse en francés y Mass en alemán y en neerlandés) desde la ciudad de Verdun en Francia hasta Rotterdam en Holanda. Con anterioridad había pedaleado por toda la cuenca del Ródano, desde Ginebra en Suiza, hasta su desembocadura en el Mediterráneo; y antes de la aventura rodaniana, había hecho lo mismo por el Danubio, desde su nacimiento en Donaueschingen, en la Selva Negra alemana hasta Viena, la capital austriaca. Comienzo a desempolvar apuntes para sacar a la luz esos tres periplos, que se suman a la serie “Caminos en bicicleta”. Donau/Danubio será el primero de los tres cuadernos, en aparecer. 2026©carlosalbertocasanova
lundi 10 août 2026
jeudi 4 juin 2026
Du mont Ventoux au mont Fuji Rapprochements inédits. Louise Cara, peintre.
En días pasados entré en el edificio que fuera la iglesia de los Celestinos, en la aviñonesa Place des Corps-Saints para ver la exposición “Du mont Ventoux au mont Fuji Rapprochements inédits” de la pintora Louise Cara. Entré motivado por los dos montes, y porque me resulta fantástico apreciar obras de artistas entre los muros de la otrora iglesia, hecho que da vida al patrimonio, y que yo aplaudo. Leer la “prière” de Louise Cara empuja a sentirnos gigantes como los dos montes, entonces comenzó mi deambulación por la iglesia. Fui escalando uno y otro, transpiré haciendo ese tramo abrupto que va del puerto de las Tempestades a la cima del Ventoux. Lo vi al amanecer desde la escotilla del avión en su descenso à Narita. Los vi envueltos en tinta japonesa imaginados por la artista. Misteriosos. Y el misterio se apoderó de mí, cuando la isla se me apareció como virgen negra entre los dos montes. Quedé hipnotizado.
La
isla apagada. Negra como la tinta. Apagada.
Callada
por el miedo a la oscuridad. Callada.
Callada
por el miedo a ser golpeada por las olas, las olas
comiéndose sus orillas.
Oscuridad
verde de marabuzales. Oscura.
Silencio
negro de tomeguines. Silenciada.
Palmas
despeinadas llorando lluvias.
El
diente de perro como esperanza loca. Desencantado.
Hombres
y mujeres pariendo desencantos. Esperanzados.
Le di la espalda a la isla que no era más que el encanto tintado de uno de los montes delineados por la artista. Lloré avergonzado incapaz con tanta oscuridad de ver mis modestos montes. Los de Louise Cara se apiadaron de mí, y me dieron la mano para mirar a uno y otro, eternizados para siempre. ©cAc-2026
mercredi 3 juin 2026
Ventoux contre Cancer 2026
https://www.alvarum.com/carlosalbertocasanova
Merci de m'aider dans cette mobilisation solidaire, tant
sous forme de don qu'en achetant mes livres, dont les
bénéfices s'ajoutent à la
collecte.
Ventoux contre cancer 2026
vendredi 23 janvier 2026
Respondiendo a Bertha Caluff, que me preguntaba en noviembre pasado (2025), si “La vida húmeda” era un libro de poesía.
Cuando la
editorial miamense Primigenios, publicó en el 2020 mi libro de relatos “La vida
húmeda”, el escritor cubano radicado en España, Abel Germán, tuvo la gentileza
de escribir la reseña que aparece en la contraportada. La misma reseña aparece
en la segunda edición que publiqué independientemente bajo el sello Ceace de
KDP Amazon. La reseña de Abel Germán responderá mejor que yo a tu pregunta:
“La
angustia vuelve desnuda, mira la altura del plafón como si temiera volar e
incrustarse, parpadea, pide sentarse y se queda dormida en el diván para
escuchar el aletear sonoro del lamento y el correr tenue de dos lágrimas.” —
Así, con esta poesía, comienza Carlos Alberto Casanova su libro “La vida
húmeda”. Un libro que a veces conducirá al lector a un territorio que podría
parecer "costumbrista", pero no lo es. En otras, como en "Camino
de vuelta", lo sorprenderá por su sutileza. Esa voz ronca y
malintencionada que al final de “El cumpleaños de papá” interrumpe al
personaje, suena como el eco de algo
tremendo. O sea, no es eso; lo importante está en otro sitio, ahí solo
escuchamos (leemos) la consecuencia de ese algo que, a su vez, producirá otras
consecuencias. Algo que intuimos enorme e inquietante. Sin embargo, incluso
allí donde es más políticamente explícito, el autor sortea ese exceso que exhibe buena parte de la literatura cubana
actual, a veces de modo casi histérico. Solo apunta como de pasada y porque no
puede soslayarse. Deja, por así decirlo, que la gravedad actúe. Y casi siempre
todo ocurre con un trasfondo (misterioso) de gran belleza; un trasfondo onírico
en el que, como en todo sueño, puede ocurrir cualquier cosa. Y hay mucha poesía
en eso. Una poesía que ilumina y que tiene poco o nada que ver con el llamado "realismo
mágico". Es simplemente la magia per se de estos relatos. Asimismo, el
lector se adentrará en paisajes muy reales, con mucha vida y mucha verdad.
Disfrutará de descripciones tan precisas que, a veces —como suele decirse—,
cortan el aliento. Un ejemplo: El cielo se descomponía sin romperse vomitando
piedras y nubes acartonadas. Cirros sin valentía, decían los más viejos. Y, por
último, hallará algún relato que, como "El sueño desorientado", es en
efecto un sueño. Lo podrá leer, me parece, también como poema. Y —lo lea de un
modo o de otro—, sentirá una nostalgia muy elaborada, nada llorona y de sabor
muy fuerte. ¿A qué? No sé. Y ese no saber es lo mejor.
ABEL
GERMÁN
España,
julio de 2020
dimanche 30 novembre 2025
Los escritores vuelven a sus refugios…
Mucho tendría que comentar sobre la provenzal Aix, vecina
de la cosmopolita Marsella y a veinte minutos de Aviñón. Aristocrática,
burguesa, cultural y estudiantil. Lugar de nacimiento y muerte de Cézanne, y arropada
por la abrupta Sainte-Victoire. Aunque ha transcurrido una semana del terminado
3er Festival de Escritores Hispánicos (organizado por la asociación La Noria), es
hoy, domingo novembrino, frío y salpicado de una llovizna húmeda, que la
memoria me hace recordar los intensos cuatro días de actividades y que reviso
ciertos apuntes tomados durante el evento. La infatigable Andrée Guigue nos
unió amistosamente desde la llegada de los participantes. Volví a encontrar a
mis coterráneos Mirka Reyes y Joel Franz Rosell, a Francisco Javier Pérez, a
José Manuel Fajardo, a David Toscana y su compañera Sarah; y conocer ésta vez a
Ernesto Pérez Zúñiga, a Blanca Riestra, a Ángel Morales y a Eduardo Uribe. España,
México, Venezuela y Cuba en las seis mesas redondas a las que asistieron
estudiantes de la facultad de Letras de la universidad y los miembros de la
asociación. Guardo los apuntes de lo expresado por mis compañeros, como clases
magistrales, que fuera sobre la necesaria traducción, por traductores o por
nosotros mismos; o en la que intentamos descubrir para quiénes uno escribe, o
bien la interesante mesa donde se abordó la relación y las influencias recíprocas
entre la literatura francesa y la hispánica. Tema actual y que por su urgencia fue
bien discutido, la literatura y el medio ambiente. También actual y
controvertido, la inteligencia artificial (IA) generativa, de instrumento aceptable
a competidor desleal, una mesa que permitió entender el equilibrio entre la
herramienta que ayuda a crear, y que puede convertirse en una amenaza sutil. Y aunque
somos grandes, casi viejos, escuchar a los autores de literatura infantil, nos
llevó atrás, a cuando éramos niños, cuando cazábamos lagartos y mariposas en
los patios y solares yermos que nos vieron crecer. Terminó el evento, y como
mis compañeros, volví a mi refugio provenzal, satisfecho de lo que viví y de lo
que aprendí. Gracias nuevamente, a Andrée Guigue, a La Noria y sus miembros, y
también a los escritores invitados al festival. ©cAc-2025
vendredi 15 août 2025
Libro digital de la AALIJ en memoria a Luis Cabrera Delgado. Compilación de Marcelo Bianchi Bustos
En abril de este año 2025, falleció
el escritor cubano Luis Cabrera Delgado. La Academia Argentina de Literatura
Infantil y Juvenil quiso rendir homenaje a Luis, y convocó a lectores,
escritores, académicos y amigos a escribir ensayos, notas, textos poéticos y
recuerdos sobre la vida del ilustre jarahuecano. Habiendo conocido y mantenido
una cordial amistad con Luis, me uní a la petición de la dicha academia,
cursada por su presidente, el Dr. Marcelo Bianchi Bustos, y le envié el texto
que a continuación tengo el placer de compartir, y que aparece en la edición
digital, tomo XXII “A Luis Cabrera Delgado in memoriam”.
Corría el año 1976 cuando conocí a Luis Cabrera. Luis, con la frescura de sus 31 años, vestía la bata blanca de médico y yo, al igual que Efigenia y Enrietta, vestíamos el uniforme azul prusia y azul cielo de estudiantes de la Escuela Vocacional. Luis estaba en su consulta de psicólogo del Hospital Infantil de Santa Clara, y allí llegamos buscando a la madre de Efigenia, que dirigía un departamento administrativo del hospital. Elisa no tardó en presentar a Enrietta y a mí, al galeno que nos miraba sorprendido, cuando supo que estábamos escapados de la Escuela, y que habíamos llegado al hospital en la guagua que trasportaba a los estudiantes con turnos médicos por los hospitales y policlínicos de la ciudad. Luis se interesó por aquella escapada y nos hizo mil preguntas que nosotros respondimos con la inocencia de nuestros catorce años. Antes de salir de la consulta del psicólogo infantil, Elisa me puso un brazo sobre los hombros y le dijo a Luis “y a este Casanova, le gusta escribir”. Fue así como supo Luis que yo escribía. Tardamos un momento más en la consulta, Luis interesado en saber lo que yo escribía. Poesía, le dije, y me gusta también escribir composiciones, agregué. Las composiciones, que fueron el fuerte y mi predilección en los dos últimos años de la escuela primaria, me habían hecho ganar un concurso nacional convocado por el semanario “Pionero”, dos años antes. Todo aquello que le conté en un dos por tres a Luis, le interesó sobremanera. Aquella tarde me fui de la consulta con un “turno médico” que tendría lugar al cabo de dos semanas. Fue así como el Licenciado Luis Cabrera y yo, comenzamos una amistad que duraría años, interrumpida de cuando en cuando por mis frecuentes “huidas” o mudanzas fuera de Santa Clara.
Entre
nuestro primer encuentro en 1976 y hasta 1978, año en el que dejé Santa Clara
por La Habana, vi a Luis con frecuencia, unas veces en su consulta, otras en la
biblioteca Martí. Leyó mis composiciones, mis poemas juveniles y aquellos que
yo había clasificado como “poesía para niños”, y que no siempre fueron del
gusto del psicólogo y escritor. “La poesía para niños no se te da bien, le
falta suavidad, eres brusco, tienes que trabajarla mucho, leerla, releerla, y
vestirla de pantalones cortos y trenzas”. Una sola poesía entre todas aquellas
que llenaban una libreta escolar, le llamó la atención, y me sugirió
trabajarla, “darle vueltas hasta el cansancio”. Luis era alguien que sabía
criticar sin atropellos ni desprecios. Y su manera de enseñar, -creo que en
esos encuentros siempre aprendí mucho-, me ayudó de cierta manera a tomarle
gusto a la enseñanza.
En
1982, con veinte años cumplidos, y sin haber abandonado mi “oficio” de
escribidor, volví a mi Santa Clara natal. Allí estaba Luis. Siempre humanista y
mucho más que psicólogo. Y volvimos a encontrarnos. Para entonces, Santa Clara
bullía, se sacudía un poco de su letargo de capital provincial, ciudad con
vocación estudiantil y una energía juvenil que emanaba de su Universidad
Central, ciudad llena de artistas y creadores. Yo comencé a asistir a los
talleres literarios. Me viene a la memoria aquella mesa larga en un local que
otrora fuera el Banco Núñez, en los bajos de la también desaparecida Cámara de
Comercio. Recuerdo a Luis sentado en un extremo de la mesa, y recuerdo al
también escritor santaclareño, Félix Luis Viera, y a Joel Franz Rosell, y a
todas aquellas muchachas y muchachos que asistíamos a los talleres, para leer
lo que escribíamos, para discutir, para criticar, unas veces con malas y otras
con buenas intenciones. A Luis nunca le faltaron, con su manera suave y sabia
de hablar, las buenas intenciones. Luis era un caballero con su arma presta a
contribuir, la palabra. En los umbrales de la década del 1980, la actividad
cultural en Santa Clara era inmensa. Luis presidía la Sección de Literatura de
la Brigada Hermanos Saíz, a la que casi todos habíamos adherido, luego fue su
vicepresidente en la provincia, y cuando posteriormente asumió la presidencia
de la brigada, y que yo asumía un cargo, no recuerdo si Organización o
Divulgación, o los dos en periodos diferentes, mantuve una estrecha relación con
Luis.
Y
fue a Luis Cabrera a quien me confié cuando pensé presentar un poema mío en el
Encuentro de Talleres Literarios de 1985. Yo me había obsesionado con aquel
poema que adolescente le había mostrado, y que él me sugirió que “trabajara”,
que “le diera vueltas hasta el cansancio”. Parece que aquel poema quiso como un
potro, cabalgar en busca de nuevos caminos, y cabalgando llegó al Encuentro
Nacional, siempre con el visto bueno de mi amigo Luis Cabrera, Encuentro en el
cual participó como jurado, junto a la ensayista y escritora Nidia Fajardo
Ledea y otras figuras del mundo cultural y literario de la isla. El año 1985 fue
un año golpeado por el huracán Kate, que con sus lluvias y vientos perturbó la
realización del Encuentro. Mi memoria se opaca con el tiempo y veo a Luis en
los trajines que conlleva un evento. Lo veo multiplicado, en La Habana, en
Sagua la Grande visitando la casa del pintor cubano Wilfredo Lam junto con
Nidia Fajardo y la profesora universitaria e investigadora Carmen Sotolongo
Valiño; en los pasillos del Hotel Hanabanilla, en pleno Escambray donde debían
reunirse todos los talleristas, y veo a todo ese grupo de consagrados, de
profesores, de jóvenes creadores y gérmenes de escritores que irían siguiendo
los pasos del psicólogo escritor, del periodista, del guionista radial, del
editor, del laureado que siempre humilde subía en ascenso y entraba por la
puerta grande de la literatura, y sobre todo por su rol y contribución a la
transformación de la literatura juvenil cubana a partir de 1990.
Mis
años habaneros en la segunda mitad de la década de 1980 y mi instalación
definitiva en Europa a inicios de la década del 90 me alejaron de Santa Clara,
pero a la cual volvía con cierta frecuencia desde La Habana, y espaciadamente
cuando el Atlántico se puso de por medio entre el viejo continente y mi calurosa
isla caribeña. Los encuentros con Luis se espaciaron, y el azar nos regalaba
momentos ínfimos antes del comienzo de una presentación en el teatro, o las
veces que nos tropezamos en la librería Pepe Medina en busca de alguna novedad,
o publicaciones de la Editorial Capiro, de la cual fue editor.
Los
últimos encuentros, cuando por casualidad pasaba yo frente a su casa en la
calle Colón de Santa Clara, y con la velocidad de un relámpago nos dábamos
nuevas de uno y del otro, Luis sentado en la puerta de su casa, acompañado de
su compañero de muchos años, yo sin bajarme de la bicicleta. Nunca faltaba el
espacio familiar, él evocaba a sus hijos, Ra y Sinuhe, yo le contaba de mis
devaneos literarios primero arropado por el Sena y luego por el Mont Ventoux. La
última vez que hablamos le dije, “te acuerdas Luis cuando escribiste en el
periódico Vanguardia un artículo proponiendo cambiarle el nombre a la Sala Real
del Teatro La Caridad y yo te expliqué mi desacuerdo, y te dije, ¿te imaginas
si yo escribiera en mi blog un artículo proponiendo cambiarle el nombre a
Jarahueca?”, y estalló en risa, y no se acordaba del susodicho artículo en el
periódico provincial. Fue la última vez que nos vimos personalmente.
Luis
sigue presente en mi biblioteca del sur de Francia, a donde me traje todos sus
libros publicados por la Editorial Capiro en la década del 1990, y los
publicados por Gente Nueva y Unión.
Luis
estaba enfermo, nunca le pregunté al respecto, aunque sabía que su enfermedad
era incurable. Las publicaciones en su página de Facebook eran como un anuncio
de la vitalidad literaria de Luis. A los posts titulados Memorándum no presté
mucha atención, pero las tribulaciones de Patria, Jarahueca y el futuro
luminoso, así como Yoyito en la Red, eran como un saludo de Luis a todos los
que lo conocimos, y una manera de decirnos que escribir es una enfermedad
incurable, ajena a cualquier otra.
Foto de familia, la novela que publicó Letras Cubanas en el 2003, es el último libro que compré de Luis. Lo encontré hurgando en los anaqueles polvorientos de la Pepe Medina, mientras afuera el sol quemaba y un aguacero golpeaba los adoquines frente a la librería. No lo he leído, pero está ahí, esperando que lo haga, para entonces decirle a Luis, gracias, amigo y maestro.
Carlos Alberto Casanova (Santa Clara, Cuba, 1962). Profesor de Economía y de Historia mientras vivió en Cuba. Grado de doctor en Geografía, Urbanismo y Ordenamiento del territorio por la universidad Paris III-Sorbonne Nouvelle. Autor de varios cuadernos de poesía (Espacio para pensar en gris, Un hombre parecido al mañana (Ed. Dos Islas, 2022), entre otros. Autor igualmente de La vida húmeda (Primigenios, 2020), y Barrancos de Nostalgia, y Geografía íntima de un Trópico (Ceace, 2022 y 2024). Actualmente vive en el sur de Francia.
jeudi 6 mars 2025
Nota preliminar para una poesía intimista (por José Hugo Fernandez)
Serenos
desgarros van marcando el tránsito de todas las piezas en “Mañana antes del alba”, un nuevo libro con
el que Carlos Alberto Casanova persevera en su estilo de poetizar mediante descripciones
sucintas de escenas, remembranzas, discurrimientos que en definitiva parecen destinados
a prefigurar el paisaje interior del autor, en tanto versificador de emociones
y estados del alma.
Desde tal presunción,
podría afirmarse que el poemario procede como una especie de dietario. Pero su arquitectura
descriptiva, más que para recrear los sitios y sucesos que rodean al poeta y en
los que él fija la mirada, ha sido dispuesta en función del movimiento y de las
evoluciones de su personalísimo yo interior. Yo sueño/cuando al pasar, miro
alelado/ los tallos secos crujientes/ símbolos de un pasado que volverá /cada
vez, pétalos blancos, radiantes. / Misterio de la simplicidad… Es la refrendación
de una actitud anímica que, si bien nos da cuenta de lo transcurrido, lo hace sólo
para refocilarse en el transcurrir mismo como objeto de experiencia sensible.
No en balde la
melancolía es aquí una constante notoria. Sostiene la física interna del
poemario, establece las reverberaciones tonales de cada composición, y aun de
cada verso, determina la coherencia general afincada en el recurso de expresar
mucho con pocas palabras. Dios me miraba/asustado por la ausencia/de ángeles
sobre mi cuerpo… Es poesía intimista en la cual lo simbólico se anticipa a lo
alegórico, mientras la elegancia señorea a través de imágenes tenues y despejadas.
Me parece obvio
que aquí Carlos Alberto Casanova no pretende contar algo en concreto, o razonar
en torno a temas que se conectan con las circunstancias de su vida actual o
pasada. Sencillamente se detuvo al borde de sí mismo para observar cómo discurrían
sus pulsiones internas. Sin buscar inferencias ni aleccionamientos. Sólo por dar
cauce al fluir de sus nostalgias. Ello, más el acierto de conseguirlo mediante
versos de refinada factura, pulcros, sutiles, a la vez que muy cuidadosamente elaborados,
coronan la singularidad de “Mañana antes del alba”.
José Hugo
Fernández, Miami, enero de 2025.



%20(1).jpg)
%20(1).jpg)

.jpg)
