Cuando la
editorial miamense Primigenios, publicó en el 2020 mi libro de relatos “La vida
húmeda”, el escritor cubano radicado en España, Abel Germán, tuvo la gentileza
de escribir la reseña que aparece en la contraportada. La misma reseña aparece
en la segunda edición que publiqué independientemente bajo el sello Ceace de
KDP Amazon. La reseña de Abel Germán responderá mejor que yo a tu pregunta:
“La
angustia vuelve desnuda, mira la altura del plafón como si temiera volar e
incrustarse, parpadea, pide sentarse y se queda dormida en el diván para
escuchar el aletear sonoro del lamento y el correr tenue de dos lágrimas.” —
Así, con esta poesía, comienza Carlos Alberto Casanova su libro “La vida
húmeda”. Un libro que a veces conducirá al lector a un territorio que podría
parecer "costumbrista", pero no lo es. En otras, como en "Camino
de vuelta", lo sorprenderá por su sutileza. Esa voz ronca y
malintencionada que al final de “El cumpleaños de papá” interrumpe al
personaje, suena como el eco de algo
tremendo. O sea, no es eso; lo importante está en otro sitio, ahí solo
escuchamos (leemos) la consecuencia de ese algo que, a su vez, producirá otras
consecuencias. Algo que intuimos enorme e inquietante. Sin embargo, incluso
allí donde es más políticamente explícito, el autor sortea ese exceso que exhibe buena parte de la literatura cubana
actual, a veces de modo casi histérico. Solo apunta como de pasada y porque no
puede soslayarse. Deja, por así decirlo, que la gravedad actúe. Y casi siempre
todo ocurre con un trasfondo (misterioso) de gran belleza; un trasfondo onírico
en el que, como en todo sueño, puede ocurrir cualquier cosa. Y hay mucha poesía
en eso. Una poesía que ilumina y que tiene poco o nada que ver con el llamado "realismo
mágico". Es simplemente la magia per se de estos relatos. Asimismo, el
lector se adentrará en paisajes muy reales, con mucha vida y mucha verdad.
Disfrutará de descripciones tan precisas que, a veces —como suele decirse—,
cortan el aliento. Un ejemplo: El cielo se descomponía sin romperse vomitando
piedras y nubes acartonadas. Cirros sin valentía, decían los más viejos. Y, por
último, hallará algún relato que, como "El sueño desorientado", es en
efecto un sueño. Lo podrá leer, me parece, también como poema. Y —lo lea de un
modo o de otro—, sentirá una nostalgia muy elaborada, nada llorona y de sabor
muy fuerte. ¿A qué? No sé. Y ese no saber es lo mejor.
ABEL
GERMÁN
España,
julio de 2020
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