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mardi 22 mai 2012

Iglesia NS de los Dolores de Santo Domingo de Guzmán Por Yiset Betancourt*

En la categoría “Restauración” el premio provincial de Conservación y Restauración le fue adjudicado a un edificio religioso de Santo Domingo, localidad villaclareña ubicada en el centro-oeste del territorio. El sitio donde está edificada la iglesia, es la cima del cerro más alto de la localidad, lo que le proporciona un perfil monumental por su amplia visibilidad. En efecto, la torre campanario, cuya cúpula está rematada por la cruz, en hierro, así como un pararrayos, mide 30 metros a partir de su base. El entorno urbano que rodea el edificio es de significativa importancia: construcciones domésticas, pero también comercios, servicios gastronómicos, centros culturales y las instituciones político-administrativas. El edificio está emplazado en el sector noroeste del Parque Central, en el eje vial que atraviesa todo el pueblo, la carretera Central, y empalmada a ella, la carretera que lleva a las localidades costeras del norte de la provincia de Villa Clara y de la vecina Matanzas. En el lugar que ocupa la iglesia en cuestión, existió otra que por su vetustez y ancianidad, fue demolida: Santa María del Rosario. En septiembre de 1871 quedó autorizada la construcción de un nuevo edificio, cuya ejecución tardó cuatro años, al cabo de los cuales quedó terminada, y pudiendo ser bendecida el 28 de noviembre de 1875, bajo el reinado de Alfonso XII y Pío IX como pontífice. Por la administración colonial estuvieron presentes el capitán general de la Isla, Don Blas de Villate y la Hera, conocido como conde de Valmaseda, y el teniente gobernador de la jurisdicción, el comandante Don José Pruna. El inmueble se convirtió desde su terminación en un símbolo para la comunidad dominicana, en su sentido religioso, por el sostén a la fe católica, y por la autoridad que manifiesta su talla y solidez, y que le otorga el valor patrimonial que trasciende a nuestros días, ciento treinta y seis años después. Vale acotar que el templo fue erigido en un pueblo de desarrollo discreto, de economía agrícola, y sin interés para las autoridades coloniales de la época, -amén de estar situado en el camino real a La Habana, y en momentos de inseguridad política para los representantes de la colonia, que veían el auge independentista desplegarse por toda la Isla. NS de los dolores, fue ejecutada con la influencia neoclásica de ese final de siglo XIX, y en los albores del siglo XX, el contexto urbano se desarrolló con la construcción de viviendas de familias de clase media. El inmueble es un exponente valioso de la arquitectura vernácula, cuya tipología puede apreciarse en otras parroquias de la región central del país, y cuya contemporaneidad es visible en la iglesia parroquial de Colón, la de Sagua la Grande y la iglesia San Juan Bautista de pueblo Nuevo en Matanzas. Aunque en diferentes épocas el edificio sufrió transformaciones, nunca perdió su valor patrimonial. Sin embargo, el tiempo, el abandono, la falta de recursos de las autoridades eclesiásticas y las divergencias político-religiosas fueron calando la salud del templo. El reloj, habiendo sido comprado en Cienfuegos, fue insertado en 1886, y hubo de ser desmontado en el año 2000 debido a su deplorable estado técnico. Las filtraciones duraron años, y fueron la causa del pudrimiento de la carpintería, realizada en maderas preciosas, como la cubierta realizada en cedro, el entablado de pino tea  y las vigas y cerramientos en jiquí. La cubierta amenazaba con derrumbarse, como consecuencia de las grietas, desplazadas a los muros, principalmente, aquellos que sostenían la torre-campanario. Nótese que los muros de la iglesia son una mezcla de rajón con barro, se elevan a diez metros de puntal, con vanos altos y anchos y terminan en arcos de fábrica en ladrillos, los cuales soportan todo el peso de la obra de cubierta, así mismo el muro de la fachada frontal, sostiene el cuerpo de la torre-campanario.   Los trabajos de mantenimiento parciales no resolvieron los problemas, y muchos valores estéticos y arquitectónicos originales se perdieron. Entre las pérdidas lamentables, el coro, el piso original y el altar, así como las instalaciones de infraestructuras técnicas que eran rudimentarias. La renovación llevada a cabo tuvo en cuenta todos estos elementos. El obispado de Santa Clara y su departamento de arquitectura, con el sostén de las comunidades italianas de Génova, Quía Bari y Sabena, ejecutó un anteproyecto en el 2005 con vistas a la reconstrucción del edificio, así como a la restauración y conservación del mobiliario y obras documentales y de valor artístico decorativo, o de elementos como las campanas que datan de 1875. La iglesia posee apreciables esculturas de la Virgen de la Caridad del Cobre y de la Dolorosa. Entre las partes reconstruidas sobresale el presbiterio, versión italiana diseñada por los arquitectos Mirco Caldini y Paolo Finamore, trabajado en mármol gris y blanco, y en pizarra. El proyectista principal de la obra fue el arquitecto Elaysis Pérez Pairol,  Zenén Dorta como inventarista y Pedro Z. González como ejecutor.
*Yiset Betancourt Casanova. Santa Clara 1973. Arquitecta por la UCLV. Especialista en intervención del patrimonio edificado. Centro provincial de Patrimonio VC.



cAc © 2007
cAc © 2010

lundi 21 mai 2012

Cine “Sagua” Por Yiset Betancourt*





Inmueble premiado en la categoría “Conservación” del evento provincial villaclareño, el cine “Sagua” está ubicado en la calle Céspedes de la ciudad de Sagua la Grande. Viajando en la máquina del tiempo, volvemos atrás, al final del siglo XIX, para descubrir el pasado de este sitio. En el lugar, hacia 1877, señalado como calle Tacón N° 95, existió una casa teatro levantada en mampostería y tejas, propiedad de Don Juan de Iriarte. En 1912, su viuda, Doña Isabel Canto y Nores, adquirió la finca señalada con el número 93, y unificó ambas en una única parcela. La nueva parcela fue arrendada entonces a la Sociedad Mercantil Colectiva de Santos y Artigas en octubre de 1914 para que se demoliera lo edificado y erigir en el lugar un nuevo teatro. El edificio fue construido a la altura de los grandes teatros cubanos de la época: “La Caridad” de Santa Clara, el ”Terry” de Cienfuegos, el “Sauto” de Matanzas, y “Principal” de Camagüey. Inicialmente nombrado teatro «Santos y Artigas», con el tiempo cambia de nombre y pasa a llamarse teatro “Principal”. El edificio fue demolido después de 1959, y esta acción trajo consigo la pérdida de un magnífico exponente del eclecticismo en la Villa del Undoso. En el sitio del otrora Principal, se proyectó levantar una sala de cine, cuya ejecución comenzó en 1966. Cuatro años más tarde fue inaugurado un cine moderno el cual fue bautizado como “Cine Sagua”. El inmueble de 1970, que muestra un alto nivel de conservación, constituye uno de los pocos ejemplos de movimiento moderno construidos en el país después de 1959. El edificio posee una rica expresión formal basada en el uso de volúmenes prismáticos en la fachada, ritmo que logra a partir de su repetición. La carpintería se manifiesta partiendo de sus grandes paños de aluminio y cristal que se repiten en ambas fachadas, lo que permite espacios interiores beneficiados por la luz natural de una gran transparencia y vinculados al exterior. Los muros están revestidos con “piedra de Jaimanitas”, la cual enriquece la expresión externa de la edificación; en los interiores se logran espacios expresivos a partir de la combinación de los materiales, la utilización de desniveles en los pisos y la exposición de los elementos de la estructura, nótense las aberturas en los techos que permiten la ventilación natural así como una iluminación indirecta. La expresión arquitectónica lograda provoca un contraste con el resto de las edificaciones del entorno más inmediato donde predomina la arquitectura tradicional. No obstante sin romper con la escala y líneas generales del perfil, enriquece el contexto donde está enmarcada, y se ha convertido en paradigma del movimiento moderno en la ciudad y, por su volumetría, hito a nivel urbano. Evidentemente, su ejemplaridad arquitectónica nunca podrá superar el valor patrimonial y cultural del edificio demolido en los inicios de la década de 1960, y eso, a pesar de que la sala de cine actual se ha impuesto en su rol cultural y como ejemplo patrimonial de la ciudad del norte villaclareño.
*Yiset Betancourt Casanova. Santa Clara 1973. Arquitecta por la UCLV. Especialista del Centro provincial de Patrimonio.

dimanche 20 février 2011

A propósito de la XX Feria Internacional del Libro La Habana 2011

En la noche del viernes 18, recibí un correo de Arístides, en el que me hacía llegar un artículo suyo concerniente a la presentación, el día antes, de la antología de la poesía villaclareña Faz de tierra conocida, en la feria habanera del libro. Incluye una de las dos fotos atadas al é-mail y yo les agrego la portada del compendio poético.

Faz de tierra conocida, antología de la poesía villaclareña, publicada por Letras Cubanas. Otro motivo para regocijarnos.


por Arístides Vega Chapú


En la Capilla de La Cabaña convertida por la XX Feria Internacional del Libro de la Habana en la Sala José Lezama Lima, fue presentada, ayer jueves 17 de febrero, la antología de la poesía villaclareña Faz de tierra conocida, Editorial Letras Cubanas, 2010

Extensa compilación de la poesía producida en esta región que incluye noventa y siete poetas realizada por el escritor Yamil Díaz quien además tuvo la responsabilidad de la presentación y notas de esta antología.

Por orden alfabético se expone aquí la huella dejada por nacidos o radicados en esta región que valida, y esta monumental antología de más de trescientas cincuenta cuartillas lo demuestra, como una de las geografías líricas más notables del país.

La edición de esta antología estuvo a cargo de Mayléen Domínguez Mondeja, a quien debemos agradecerle haya asumido con profesionalidad un proyecto tan extenso y abarcador, lo que se traduce, en términos de edición, a una dura y encomiable labor que hubiera atemorizado a cualquier inexperto.

Su impecable factura y su atrayente visualidad, engalanada con una obra del fotógrafo villaclareño Juan José Fernández Gómez, aportan atractivo y suman valor a este engorroso y laborioso proyecto.

Desde los más jóvenes poetas como Sergio García Zamora (1986) hasta los más consagrados y tutelares como Samuel Feijoo y Carlos Galindo, a los que el título escogido rinde homenaje: Faz y Hablo de tierra conocida, dos de las obras de estos reconocidos poetas, la antología de poesía villaclareña acoge a poetas fallecidos y activos, algunos que en su momento abandonaron la escritura o decidieron seguirla haciendo solo para sí, a poetas que nacidos en cualquier sitio se radicaron en esta porción de tierra al centro del país, o nacidos aquí decidieron marcharse a otros puntos con que se dibuja el mundo.

Este proyecto tuvo a bien un aportador epílogo con los Rasgos recurrentes en la poesía villaclareña, a cargo de la competente investigadora Carmen Sotolongo, que hace un cierre necesario a una recopilación amplia, diversa y exponente de cuanta tendencia, estilos y variedad, la conforman.

El rencuentro con líricas imprescindibles para esta región como la de Félix Luis Viera, Heriberto Hernández. Poetas no olvidados como Williams Calero, Evelio Luis Capote, Antonio Hernández Pérez, Yamila Rodríguez Eduarte, junto a los que ya alcanzaron una sólida madurez como Sigfredo Ariell, Pedro Llanes, Bertha Caluff, entre muchos otros, inscriben este proyecto en imprescindible para todo aquel que quiera acercarse, disfrutar, conocer o estudiar la poesía producida y sostenida en esta región.

Jóvenes y maduros, reconocidos y desconocidos poetas se juntan en este importante proyecto para mostrar la pujanza de un movimiento lírico que ha testimoniado con autenticidad la vida de un sitio de provincia que algunos han caracterizado, pese a todo, como esplendoroso y que este nuevo título de la Editorial Letras Cubanas, en su colección Poesía, lo demuestran.

Agradezcamos la labor de Yamil Díaz, que una vez más capitanea un proyecto trascendental para la cultura y la literatura. Un proyecto que armoniza y junta diversas voces, logrando llevar a efecto un libro que desde la necesidad de testificar lo ocurrido en este territorio es ya una prueba irrebatible de la vitalidad lírica que ha alcanzado una región que apenas era reconocida en el mapa lírico del país hace apenas unos treinta años atrás. ©vegachapuaristides

lundi 14 février 2011

Un artículo alusivo a Coppelia este 14 de febrero.

Del “Mercado” al “Coppelia” ¿Y después qué?

por Yiset Betancourt Casanova



Siguiendo la tradición renovadora del Centro Histórico, el edificio del Coppelia de Santa Clara, fue emplazado a solo unos pasos del Parque Leoncio Vidal, en la manzana comprendida entre las calles Colón, San Cristóbal y Mujica; asumiendo el lugar de la antigua Plaza del Mercado, que también tuvo sus antecesores. El primero de ellos fue el primer punto designado con carácter de provisionalidad para la venta de carnes en el patio de la casa del Alférez Mayor Gaspar Rodríguez de Arciniaga alrededor de 1698, ubicada en la intersección de las calles Luis Estévez (entonces San Juan Bautista) y Céspedes (Calvario y luego Santa Rosa).
Posterior a 1713, este punto es trasladado para una carnicería, creada también con carácter provisional, en la parte posterior de la Casa Capitular, en una pequeña plazoleta con salida a la calle Villuendas (Calle de San José a partir de 1734); que más tarde se conoció como plaza de “Las Tahonas”. Paralelo a esto, también desde 1713, en un espacio abierto de la Plaza Mayor (Parque Vidal), hacia el lateral izquierdo de la desaparecida Parroquial Mayor; se estableció, y por mucho tiempo, un mercado público fundamentalmente para aquellos productos provenientes del campo, donde se habilitó de forma provisional otra carnicería desde 1715.
Estos puntos nunca se consideraron definitivos porque, desde 1713, el ayuntamiento proyectaba ya su carnicería definitiva, dentro de la manzana que hoy ocupa el Coppelia, pero no en toda su extensión, se menciona como una casa mandada a construir entre las de Domingo Martí y Baltasar Lagos. Pero este proyecto no pudo materializarse hasta el año 1765, luego de estabilizarse la economía en el país tras la guerra con los ingleses que culminó en 1763. Se edificó de embarrado y tejas a un costo de 300.00$ por contribución de los vecinos y en 1774, el Cabildo dispuso, para mayor beneficio público, que en este punto debían venderse tanto las viandas como las carnes, siendo este el principio de la otrora Plaza del Mercado.
Posterior a la Constitución del 25 de agosto de 1812, entre 1820 y 1823, la Plaza Mayor es bautizada como Plaza de La Constitución y en 1849 queda completamente transformada como Plaza del Recreo, eliminándose definitivamente en ella todo tipo de actividad comercial. Tales acontecimientos, unido a las escasas dimensiones de Las Tahonas y las precarias condiciones de la carnicería edificada en el 65, dieron lugar a que se pensara en un nuevo proyecto de plaza para el mercado, que ampliara la carnicería en el propio lugar. En 1858, exactamente el 18 de julio, esta nueva plaza para el mercado quedó abierta al público, habiéndose celebrado el día anterior una ceremonia para su bendición, Llevaba el nombre de La Plaza “Concha”, estaba considerado el segundo mercado de la isla, constituido por un hermoso edificio que no solo satisfacía necesidades apremiantes de la población, sino que contribuía notablemente al ornato público, ocupando casi toda la manzana entre las calles San Lorenzo ( Mujica ), San Cristóbal ( Eduardo Machado) e Isabel II ( actual Colón), dando frente a esta última donde se elevaba un pórtico de orden toscano sostenido por 12 columnas, siendo obra del Sr. Falces a un costo de 70 000$.

Este mercado estuvo presente hasta la primera mitad del siglo XX, Las pretensiones de la Villa, en épocas de bonanzas y florecimiento económico, propició que se diera el lujo de remodelar nuevamente su plaza para el mercado que ya no se consideraba a la altura, construyéndose en su lugar, antes de 1935, un majestuoso edificio de dos plantas de estilo Art Decó. Su nombre por el que se le conoció fue La Plaza del Mercado de Santa Clara. Pero este nuevo y emblemático edificio que con el tiempo y uso había dejado atrás su esplendor y llega a los años 50, considerado como un espacio ruinoso e insalubre, nido de ratas y perros malolientes, lugar asiduo de comerciantes y traficantes. El rechazo a este sitio, no dio lugar a un solo pensamiento de rehabilitación y si de demolición, fue entonces cuando se escogió para edificar en el la cremería “Coppelia” de Santa Clara, que todavía hoy, pese a muchos avatares, continua siendo un sin igual en la toda la isla de Cuba y en la arquitectura de la ciudad. Fue construida en solo 5 meses e inaugurada para homenajear el “Día de los Enamorados” del año 1967, surge como una de las obras sociales inmediatas y más grandes, realizadas en esta ciudad con la Revolución, nació con buen augurio: (…) “Expenderá helados de múltiples sabores -más de veinte tipos­-, traídos de La Habana y almacenados en las neveras de que se ha dotado a la cremería con amplitud para dos mil tinas de doce galones y medio cada una. En el futuro se elaborarán en nuestra provincia.”, (…) “Contará de inicio con una capacidad de servicio de quinientas personas a la vez (…) desde las nueve de la mañana hasta la una de la madrugada”[1]-[2]. “Sencillamente fastuoso, ¡Así es Coppelia de Santa Clara!”, fueron algunas de las impresiones recogidas por la prensa, y el de una joven que así se exclamó luego de haberse debatido en la difícil elección de 24 sabores… ¡Que tiempos aquellos!

Esta singular construcción, obra creada por el Arquitecto cubano José Cortiñas, en una ciudad compacta, donde gana protagonismo el eclecticismo, se integra en su contexto de manera excelente por su escala. Los marcados quiebra-soles que acentúan la verticalidad en sus fachadas, combinados con vegetación, y su abierta espacialidad interior que aprovecha las columnas del edificio anterior, denotan su ligereza y transparencia. La tamizada luz interior a través de los entramados de madera del techo y su bellísimo tragaluz del centro hace que desde fuera, dé la impresión de ser un gran espacio verde semiabierto y desde dentro, quede en diálogo constante, a través de sus inmensos balcones, hacia una maravillosa vista a la cotidianeidad social del centro cívico. Fueron estudiados con detalles los materiales, le señalética, el mobiliario, los uniformes y la preparación técnica del personal, todo en función de un servicio de calidad y confort.

Aunque algunos expertos, como Mario Coyula en su artículo “La Ciudad Rampante”[3], hagan referencia a su agresividad al entorno, debido a la forma expresiva de los elementos prefabricados utilizados en la planta alta, se trata de una ruptura en la imagen urbana con la impronta de la modernidad que, con los años, ha adquirido un notable grado de reconocimiento social convirtiéndolo en un icono identitario de la ciudad -(lo mismo que en su momento ocurrió con la construcción del Hotel Santa Clara Libre en pleno parque Vidal y que hoy forma parte indisoluble de nuestra historia)-, que llegó para quedarse, y sin el cual hoy no sería, esta, nuestra ciudad.
Desde hace algunos años, se realizan loables esfuerzos por conservar nuestro “palacio del helado” y recuperar la originalidad del proyecto. En estos momentos, se han eliminando muchos de los elementos inarmónicos que fueron agregados en diversos momentos de su explotación tales como el anden y el punto de venta rápido por la calle Mujica, se repararon los pisos de granito del segundo nivel que fueron dañados indiscriminadamente por unos mostradores enlajados de piedras que se colocaron para la venta de embutidos y otros servicios que nada bueno aportaron y que felizmente se retiraron, se repararon unos y sustituyeron otros de los mármoles de las columnas dañados en su mayoría por el intemperismo, se rehabilitó el área técnica de elaboración…etc. Hoy aparecen nuevos valores agregados al edificio, como es el caso de la escultura de La Paloma del escultor santaclareño Ernesto Torres que ya está algo deteriorada y que fue incorporada en su última reapertura el 4 de diciembre del 2002 tras otra de tantas acciones de mantenimiento y reanimación. También hay valores perdidos y no difíciles de recuperar, como es el caso de su gráfica original lumínica y con la letra-grafía característica de su época de construcción, dando una impronta de ambiente renovador a la vida nocturna del edificio y su entorno. Hoy se ha hecho una inversión cuantiosa para su reposición, pero la nueva gráfica insertada no tuvo en cuenta las líneas de diseño de la anterior, y aparece acompañada de farolitos dorados alusivos del estilo colonial que invaden todo el interior del edificio. Este tema quedará pendiente a resolver. El voluntarismo también se hace presente, utilizando las puertas de la fachada posterior como “grafica urbana”, que para nada tiene en cuenta la expresión del edificio ni las características urbanas de esta calle de servicio.
¿Qué Coppelia podremos tener los enamorados de Santa Clara para los venideros 14 de febrero?, no se…pero si no lo cuidamos, es posible que la tradición renovadora de Santa Clara en algún momento, tenga que demolerlo y edificar un nuevo edificio en esta manzana. Pero en los momentos que vive nuestra economía resulta más conveniente recuperar y conservar nuestro patrimonio edificado…y el intangible también, claro… ¿porque no aspirar a encontrar otra vez los más de 20 sabores?...

Arq. Msc. Yiset Betancourt Casanova, Santa Clara 1973.
Especialista de la Oficina de Monumentos y Sitios Históricos, Centro Provincial de Patrimonio Cultural.


[1] García Suárez, Andrés; periódico Vanguardia, edición del 14 de febrero de 1967, Santa Clara..

[2] Pérez Gómez, Ibrahím; periódico Vanguardia, febrero de 1967, Santa Clara.

[3] Coyula, Mario ; « La Ciudad Rampante », revista Revolución & Cultura, La Habana, 2003.

Otras fuentes de investigación para este trabajo:

González, Manuel Dionisio. Memoria histórica de la Villa de Santa Clara y su jurisdicción. Imprenta Del Siglo, Santa Clara, 1858.

Radelat Egüez, Antonio. Apuntes sobre La Casa Apolo. Archivo de La Oficina de Monumentos y Sitios Históricos. CPPC, Villa Clara. 1996.

Castañeda Pérez de Alejo, Alexis. Las carnicerías, los carniceros y su historia, No. 51 de la Revista Signos. 2005.

Artiles López, Osmani y Gonzalo Mederos Turiño. Diagnóstico de la calidad en los servicios, de la cremería Coppelia de Santa Clara. Facultad de Economía UCLV. 1994-1995.

Actas Capitulares del Cabildo de Santa Clara, Tomo 21, Archivo de Historia de Villa Clara.

Periódico provincial Vanguardia, ediciones de enero de 1967.