dimanche 30 novembre 2025
Los escritores vuelven a sus refugios…
Mucho tendría que comentar sobre la provenzal Aix, vecina
de la cosmopolita Marsella y a veinte minutos de Aviñón. Aristocrática,
burguesa, cultural y estudiantil. Lugar de nacimiento y muerte de Cézanne, y arropada
por la abrupta Sainte-Victoire. Aunque ha transcurrido una semana del terminado
3er Festival de Escritores Hispánicos (organizado por la asociación La Noria), es
hoy, domingo novembrino, frío y salpicado de una llovizna húmeda, que la
memoria me hace recordar los intensos cuatro días de actividades y que reviso
ciertos apuntes tomados durante el evento. La infatigable Andrée Guigue nos
unió amistosamente desde la llegada de los participantes. Volví a encontrar a
mis coterráneos Mirka Reyes y Joel Franz Rosell, a Francisco Javier Pérez, a
José Manuel Fajardo, a David Toscana y su compañera Sarah; y conocer ésta vez a
Ernesto Pérez Zúñiga, a Blanca Riestra, a Ángel Morales y a Eduardo Uribe. España,
México, Venezuela y Cuba en las seis mesas redondas a las que asistieron
estudiantes de la facultad de Letras de la universidad y los miembros de la
asociación. Guardo los apuntes de lo expresado por mis compañeros, como clases
magistrales, que fuera sobre la necesaria traducción, por traductores o por
nosotros mismos; o en la que intentamos descubrir para quiénes uno escribe, o
bien la interesante mesa donde se abordó la relación y las influencias recíprocas
entre la literatura francesa y la hispánica. Tema actual y que por su urgencia fue
bien discutido, la literatura y el medio ambiente. También actual y
controvertido, la inteligencia artificial (IA) generativa, de instrumento aceptable
a competidor desleal, una mesa que permitió entender el equilibrio entre la
herramienta que ayuda a crear, y que puede convertirse en una amenaza sutil. Y aunque
somos grandes, casi viejos, escuchar a los autores de literatura infantil, nos
llevó atrás, a cuando éramos niños, cuando cazábamos lagartos y mariposas en
los patios y solares yermos que nos vieron crecer. Terminó el evento, y como
mis compañeros, volví a mi refugio provenzal, satisfecho de lo que viví y de lo
que aprendí. Gracias nuevamente, a Andrée Guigue, a La Noria y sus miembros, y
también a los escritores invitados al festival. ©cAc-2025
vendredi 15 août 2025
Libro digital de la AALIJ en memoria a Luis Cabrera Delgado. Compilación de Marcelo Bianchi Bustos
En abril de este año 2025, falleció
el escritor cubano Luis Cabrera Delgado. La Academia Argentina de Literatura
Infantil y Juvenil quiso rendir homenaje a Luis, y convocó a lectores,
escritores, académicos y amigos a escribir ensayos, notas, textos poéticos y
recuerdos sobre la vida del ilustre jarahuecano. Habiendo conocido y mantenido
una cordial amistad con Luis, me uní a la petición de la dicha academia,
cursada por su presidente, el Dr. Marcelo Bianchi Bustos, y le envié el texto
que a continuación tengo el placer de compartir, y que aparece en la edición
digital, tomo XXII “A Luis Cabrera Delgado in memoriam”.
Corría el año 1976 cuando conocí a Luis Cabrera. Luis, con la frescura de sus 31 años, vestía la bata blanca de médico y yo, al igual que Efigenia y Enrietta, vestíamos el uniforme azul prusia y azul cielo de estudiantes de la Escuela Vocacional. Luis estaba en su consulta de psicólogo del Hospital Infantil de Santa Clara, y allí llegamos buscando a la madre de Efigenia, que dirigía un departamento administrativo del hospital. Elisa no tardó en presentar a Enrietta y a mí, al galeno que nos miraba sorprendido, cuando supo que estábamos escapados de la Escuela, y que habíamos llegado al hospital en la guagua que trasportaba a los estudiantes con turnos médicos por los hospitales y policlínicos de la ciudad. Luis se interesó por aquella escapada y nos hizo mil preguntas que nosotros respondimos con la inocencia de nuestros catorce años. Antes de salir de la consulta del psicólogo infantil, Elisa me puso un brazo sobre los hombros y le dijo a Luis “y a este Casanova, le gusta escribir”. Fue así como supo Luis que yo escribía. Tardamos un momento más en la consulta, Luis interesado en saber lo que yo escribía. Poesía, le dije, y me gusta también escribir composiciones, agregué. Las composiciones, que fueron el fuerte y mi predilección en los dos últimos años de la escuela primaria, me habían hecho ganar un concurso nacional convocado por el semanario “Pionero”, dos años antes. Todo aquello que le conté en un dos por tres a Luis, le interesó sobremanera. Aquella tarde me fui de la consulta con un “turno médico” que tendría lugar al cabo de dos semanas. Fue así como el Licenciado Luis Cabrera y yo, comenzamos una amistad que duraría años, interrumpida de cuando en cuando por mis frecuentes “huidas” o mudanzas fuera de Santa Clara.
Entre
nuestro primer encuentro en 1976 y hasta 1978, año en el que dejé Santa Clara
por La Habana, vi a Luis con frecuencia, unas veces en su consulta, otras en la
biblioteca Martí. Leyó mis composiciones, mis poemas juveniles y aquellos que
yo había clasificado como “poesía para niños”, y que no siempre fueron del
gusto del psicólogo y escritor. “La poesía para niños no se te da bien, le
falta suavidad, eres brusco, tienes que trabajarla mucho, leerla, releerla, y
vestirla de pantalones cortos y trenzas”. Una sola poesía entre todas aquellas
que llenaban una libreta escolar, le llamó la atención, y me sugirió
trabajarla, “darle vueltas hasta el cansancio”. Luis era alguien que sabía
criticar sin atropellos ni desprecios. Y su manera de enseñar, -creo que en
esos encuentros siempre aprendí mucho-, me ayudó de cierta manera a tomarle
gusto a la enseñanza.
En
1982, con veinte años cumplidos, y sin haber abandonado mi “oficio” de
escribidor, volví a mi Santa Clara natal. Allí estaba Luis. Siempre humanista y
mucho más que psicólogo. Y volvimos a encontrarnos. Para entonces, Santa Clara
bullía, se sacudía un poco de su letargo de capital provincial, ciudad con
vocación estudiantil y una energía juvenil que emanaba de su Universidad
Central, ciudad llena de artistas y creadores. Yo comencé a asistir a los
talleres literarios. Me viene a la memoria aquella mesa larga en un local que
otrora fuera el Banco Núñez, en los bajos de la también desaparecida Cámara de
Comercio. Recuerdo a Luis sentado en un extremo de la mesa, y recuerdo al
también escritor santaclareño, Félix Luis Viera, y a Joel Franz Rosell, y a
todas aquellas muchachas y muchachos que asistíamos a los talleres, para leer
lo que escribíamos, para discutir, para criticar, unas veces con malas y otras
con buenas intenciones. A Luis nunca le faltaron, con su manera suave y sabia
de hablar, las buenas intenciones. Luis era un caballero con su arma presta a
contribuir, la palabra. En los umbrales de la década del 1980, la actividad
cultural en Santa Clara era inmensa. Luis presidía la Sección de Literatura de
la Brigada Hermanos Saíz, a la que casi todos habíamos adherido, luego fue su
vicepresidente en la provincia, y cuando posteriormente asumió la presidencia
de la brigada, y que yo asumía un cargo, no recuerdo si Organización o
Divulgación, o los dos en periodos diferentes, mantuve una estrecha relación con
Luis.
Y
fue a Luis Cabrera a quien me confié cuando pensé presentar un poema mío en el
Encuentro de Talleres Literarios de 1985. Yo me había obsesionado con aquel
poema que adolescente le había mostrado, y que él me sugirió que “trabajara”,
que “le diera vueltas hasta el cansancio”. Parece que aquel poema quiso como un
potro, cabalgar en busca de nuevos caminos, y cabalgando llegó al Encuentro
Nacional, siempre con el visto bueno de mi amigo Luis Cabrera, Encuentro en el
cual participó como jurado, junto a la ensayista y escritora Nidia Fajardo
Ledea y otras figuras del mundo cultural y literario de la isla. El año 1985 fue
un año golpeado por el huracán Kate, que con sus lluvias y vientos perturbó la
realización del Encuentro. Mi memoria se opaca con el tiempo y veo a Luis en
los trajines que conlleva un evento. Lo veo multiplicado, en La Habana, en
Sagua la Grande visitando la casa del pintor cubano Wilfredo Lam junto con
Nidia Fajardo y la profesora universitaria e investigadora Carmen Sotolongo
Valiño; en los pasillos del Hotel Hanabanilla, en pleno Escambray donde debían
reunirse todos los talleristas, y veo a todo ese grupo de consagrados, de
profesores, de jóvenes creadores y gérmenes de escritores que irían siguiendo
los pasos del psicólogo escritor, del periodista, del guionista radial, del
editor, del laureado que siempre humilde subía en ascenso y entraba por la
puerta grande de la literatura, y sobre todo por su rol y contribución a la
transformación de la literatura juvenil cubana a partir de 1990.
Mis
años habaneros en la segunda mitad de la década de 1980 y mi instalación
definitiva en Europa a inicios de la década del 90 me alejaron de Santa Clara,
pero a la cual volvía con cierta frecuencia desde La Habana, y espaciadamente
cuando el Atlántico se puso de por medio entre el viejo continente y mi calurosa
isla caribeña. Los encuentros con Luis se espaciaron, y el azar nos regalaba
momentos ínfimos antes del comienzo de una presentación en el teatro, o las
veces que nos tropezamos en la librería Pepe Medina en busca de alguna novedad,
o publicaciones de la Editorial Capiro, de la cual fue editor.
Los
últimos encuentros, cuando por casualidad pasaba yo frente a su casa en la
calle Colón de Santa Clara, y con la velocidad de un relámpago nos dábamos
nuevas de uno y del otro, Luis sentado en la puerta de su casa, acompañado de
su compañero de muchos años, yo sin bajarme de la bicicleta. Nunca faltaba el
espacio familiar, él evocaba a sus hijos, Ra y Sinuhe, yo le contaba de mis
devaneos literarios primero arropado por el Sena y luego por el Mont Ventoux. La
última vez que hablamos le dije, “te acuerdas Luis cuando escribiste en el
periódico Vanguardia un artículo proponiendo cambiarle el nombre a la Sala Real
del Teatro La Caridad y yo te expliqué mi desacuerdo, y te dije, ¿te imaginas
si yo escribiera en mi blog un artículo proponiendo cambiarle el nombre a
Jarahueca?”, y estalló en risa, y no se acordaba del susodicho artículo en el
periódico provincial. Fue la última vez que nos vimos personalmente.
Luis
sigue presente en mi biblioteca del sur de Francia, a donde me traje todos sus
libros publicados por la Editorial Capiro en la década del 1990, y los
publicados por Gente Nueva y Unión.
Luis
estaba enfermo, nunca le pregunté al respecto, aunque sabía que su enfermedad
era incurable. Las publicaciones en su página de Facebook eran como un anuncio
de la vitalidad literaria de Luis. A los posts titulados Memorándum no presté
mucha atención, pero las tribulaciones de Patria, Jarahueca y el futuro
luminoso, así como Yoyito en la Red, eran como un saludo de Luis a todos los
que lo conocimos, y una manera de decirnos que escribir es una enfermedad
incurable, ajena a cualquier otra.
Foto de familia, la novela que publicó Letras Cubanas en el 2003, es el último libro que compré de Luis. Lo encontré hurgando en los anaqueles polvorientos de la Pepe Medina, mientras afuera el sol quemaba y un aguacero golpeaba los adoquines frente a la librería. No lo he leído, pero está ahí, esperando que lo haga, para entonces decirle a Luis, gracias, amigo y maestro.
Carlos Alberto Casanova (Santa Clara, Cuba, 1962). Profesor de Economía y de Historia mientras vivió en Cuba. Grado de doctor en Geografía, Urbanismo y Ordenamiento del territorio por la universidad Paris III-Sorbonne Nouvelle. Autor de varios cuadernos de poesía (Espacio para pensar en gris, Un hombre parecido al mañana (Ed. Dos Islas, 2022), entre otros. Autor igualmente de La vida húmeda (Primigenios, 2020), y Barrancos de Nostalgia, y Geografía íntima de un Trópico (Ceace, 2022 y 2024). Actualmente vive en el sur de Francia.
jeudi 6 mars 2025
Nota preliminar para una poesía intimista (por José Hugo Fernandez)
Serenos
desgarros van marcando el tránsito de todas las piezas en “Mañana antes del alba”, un nuevo libro con
el que Carlos Alberto Casanova persevera en su estilo de poetizar mediante descripciones
sucintas de escenas, remembranzas, discurrimientos que en definitiva parecen destinados
a prefigurar el paisaje interior del autor, en tanto versificador de emociones
y estados del alma.
Desde tal presunción,
podría afirmarse que el poemario procede como una especie de dietario. Pero su arquitectura
descriptiva, más que para recrear los sitios y sucesos que rodean al poeta y en
los que él fija la mirada, ha sido dispuesta en función del movimiento y de las
evoluciones de su personalísimo yo interior. Yo sueño/cuando al pasar, miro
alelado/ los tallos secos crujientes/ símbolos de un pasado que volverá /cada
vez, pétalos blancos, radiantes. / Misterio de la simplicidad… Es la refrendación
de una actitud anímica que, si bien nos da cuenta de lo transcurrido, lo hace sólo
para refocilarse en el transcurrir mismo como objeto de experiencia sensible.
No en balde la
melancolía es aquí una constante notoria. Sostiene la física interna del
poemario, establece las reverberaciones tonales de cada composición, y aun de
cada verso, determina la coherencia general afincada en el recurso de expresar
mucho con pocas palabras. Dios me miraba/asustado por la ausencia/de ángeles
sobre mi cuerpo… Es poesía intimista en la cual lo simbólico se anticipa a lo
alegórico, mientras la elegancia señorea a través de imágenes tenues y despejadas.
Me parece obvio
que aquí Carlos Alberto Casanova no pretende contar algo en concreto, o razonar
en torno a temas que se conectan con las circunstancias de su vida actual o
pasada. Sencillamente se detuvo al borde de sí mismo para observar cómo discurrían
sus pulsiones internas. Sin buscar inferencias ni aleccionamientos. Sólo por dar
cauce al fluir de sus nostalgias. Ello, más el acierto de conseguirlo mediante
versos de refinada factura, pulcros, sutiles, a la vez que muy cuidadosamente elaborados,
coronan la singularidad de “Mañana antes del alba”.
José Hugo
Fernández, Miami, enero de 2025.
Mañana antes del alba
¿Seguiremos esperando el amanecer
detrás una ventana, mientras palpita la vida, calla la muerte, susurra la
traición, se doblega al hierro, se amontona la esperanza, se secan los ríos,
golpea con furia un viento triste, y tiembla el cielo escupiendo amarguras?
Mañana antes del alba, escribiré otra
vez, mirando el sol levantarse detrás de los montes de Vaucluse, entre tanto,
lo ya escrito, durante esa espera que regocija al alma, llena las hojas blancas
a las que se llega entrando sin miedo por ese pórtico enladrillado… cAc-2025
mercredi 4 septembre 2024
Ma rentrée littéraire
Mi “rentrée” literaria
Agosto terminó deportivo y septiembre debuta literario. Amazon acaba de poner en venta “Demain avant l’aube”, un cuaderno que reúne poemas escritos cuando comienza a clarear y la aurora me empuja a mirar al Este envuelto en negriazules rosa viejo y malva naranja, la noche huyendo para dar paso al día. Poesía íntima, tierna, a veces mordaz, escrita durante ese momento solitario que antecede a la salida del sol. El poemario expresa los disímiles pensamientos que surcan el espíritu de un ser humano, anunciando el deseo de vivir, observando la naturaleza, los animales, entrelazando las emociones, los sentimientos, el miedo, los sueños, la melancolía, el amor, el tiempo, la muerte inevitable. A manera de preámbulo, una nota preliminar escrita gentilmente por un amigo y coterráneo, el escritor y periodista cubano, Jacobo Machover.
lundi 2 septembre 2024
L’ascension du Mont Ventoux. Objectif accompli
Pédaler, courir ou
marcher pour arriver au sommet du Mont Ventoux c’est un projet personnel qui a
besoin d’un entraînement persévérant. La façon d’arriver, et je ne parle pas
des sentiers escarpés, les mêmes chemins raides parcourus par Pétrarque au
XIVème siècle, mais par une des routes départementales qui donnent accès au
sommet : la D974 depuis Malaucène (Ouest) ; la D974 depuis Bédoin
(Sud) ainsi que la D164 depuis Sault (Est), cette dernière jusqu’au Chalet
Reynard. Nous avons profité du chalet, du sommet et du venteux Col des Tempêtes
à 1830 mètres d’altitude, en février, en
mai, en août ou bien en octobre, car chaque saison a son charme, et chaque
visite au géant de Provence est une porte à la contemplation, accompagnés par
la famille ou les amis (Nenita & Julio, Elizabeth & Kelvy,
Yolanda & Vidal, Andra & Serban, Magali & Laurent, Arturo, Léster,
Elie, David… en 2018 Elie et moi, nous avons fait la descente en vélo par la
sinueuse D974 jusqu’à Malaucène. Le 8 juin dernier, nous avons parcouru les 20
km depuis Sault jusqu’au chalet Reynard en 3 heures 50 minutes. L’entraînement
s’est relevé important. Hier, pendant l’événement Ventoux contre Cancer (VcC),
les 194 marcheurs et coureurs sortîmes de l’hippodrome de Sault à 08h15 (les
cyclistes sortirent quinze minutes avant nous), j’ai gagné une minute faisant
les 20 km en 3 heures 49 minutes jusqu’au chalet. J’ai parcouru le tronçon le
plus escarpé, celui qui montre la calvitie du mont, pendant 1 heure 27 minutes,
et si j’en rajoute les 22 minutes entre le départ de l’hippodrome et le
commencement de la D164, je totalise 5 heures 38 minutes en faisant l’ascension.
VcC s’agit d’un défi individuel et d’une performance collective, il est
également un événement sportif et caritatif, qui m’a permis de travailler comme
bénévole pendant les 4ème et 5ème éditions, et obtenir cette
année, ma médaille d’arrivant au sommet comme participant inscrit. Jusqu’au 19
juillet dernier, VcC avait collecté 108000 € pour les malades du cancer de la
région. Je remercie à tous ceux qui en achetant mes livres, font parti de ma
contribution à l’Institut Sainte Catherine pour des projets précis en recherche
clinique et dans l’amélioration de la qualité de vie des patients. Ensemble
contre le cancer ! cAc-2024
dimanche 1 septembre 2024
La ascensión del Mont Ventoux. Objetivo cumplido.
La ascensión del Mont
Ventoux, que sea en bicicleta, corriendo o caminando, requiere de un
entrenamiento, más o menos tenaz, según sea la forma de subirlo, y no digo por
los senderos escarpados, los mismos que usara Petrarca en el siglo XIV, sino
por cualquiera de las rutas departamentales que de manera sinuosa llegan a la
cima: la D974 desde Malaucène (Oeste); la D974 desde Bédoin (Sur) y la D164
desde Sault (Este) hasta el Chalet Reynard. La más usada es la D164 que termina
en el chalet, y se continúa a la cima por el tramo de la D974. El chalet y la
cima, o el ventoso puerto de las Tempestades, en cualquiera de las cuatro
estaciones, lo hemos disfrutado con familia y amigos, que me permito listar
aquí: Nenita y Julio, Elizabeth y Kelvy, Yolanda y Vidal, Andra y Serban,
Magali y Laurent, Arturo, Léster, Elie, David… y junto con Elie, hice el
descenso en bicicleta por la torcida D974 hasta Malaucène. El pasado 8 de
junio, caminar los 20 km desde donde comienza la D164 en Sault hasta el Chalet
Reynard, nos llevó 3 horas 50 minutos, una bicoca, todavía en primavera. Fue
útil e importante este entrenamiento. Ayer, en el marco del evento Ventoux
contre Cancer (VcC), los 194 caminantes y corredores salimos del hipódromo de
Sault, a las 08h15 de la mañana (los ciclistas salieron quince minutos antes),
yo gané un minuto al hacer los 20 km en 3 horas 49 minutos hasta el chalet, y
el tramo más escarpado, ese que da el toque calvo al Ventoux, en 1 hora y 27 minutos, y si agrego los 22
minutos entre la salida y el inicio de la D164, cumplí mi objetivo de ascenso
hasta la cima, y lo hice en 5 horas 38 minutos. VcC es un evento deportivo y
caritativo, en el cual trabajé como benévolo en la 4ta y 5ta edición, y en esta
7ma edición, obtuve mi medalla al llegar a la cima como participante. Hasta el
19 de julio, VcC había recolectado para esta 7ma edición, 108 000 €,
resultado colectivo y aporte significativo para la lucha contra el cáncer.
Agradezco a aquellos que compran mis libros, y cuyo beneficio hace parte de mi
contribución para sostener al Instituto Sainte Catherine de Avignon. cAc 2024.
AGRADECIMIENTOS en mayúscula y en plural.
Los años, el oficio, la cotidianidad y los días caniculares no permiten siempre estar al día y responder los comentarios que traen consigo las publicaciones en FB, y particularmente los comentarios que conciernen “Geografía íntima de un Trópico” y el cuarto libro de la serie Caminos en bicicleta, “Burgenstrasse, la ruta de los castillos”. Gracias por los deseos de éxitos, los abrazos virtuales, las felicitaciones, las felicidades, los saludos, las enhorabuenas, los bravos, los aplausos, los stickers, los me gusta, los yo adoro y las muestras de solidaridad. Gracias a todos, espero hayan pasado los meses de julio y agosto, tal como los proyectaron.
Geografía íntima de un Trópico (nota preliminar de Abel Germán)
Agradezco igualmente a Abel Germán, por el
tiempo dedicado a leer mi libro y escribir la nota preliminar del mismo,
“Doscientos cuarenta y seis días y sus noches: una historia verídica, bien
contada”. Así comienza la nota preliminar:
«Geografía íntima de un trópico» se lee y relee como una confesión. Pero también como algo más. El epígrafe —es lo que sucede casi siempre con los epígrafes— es iluminador: «La santé est come la richesse, / il faut l’avoir dépensé pour l’apercevoir». Cuya traducción podría ser: La salud es como la riqueza. Tienes que haberla perdido para comprender su auténtico valor». O su variante quizá más conocida, el refrán «Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde». Su luz ilumina con nitidez lo que sigue, de modo que la sorpresa queda descartada. Tampoco se necesita. Aunque vale precisar que no se trata de un destripe al uso, sino simplemente de una mera pincelada orientativa. Aún más si se considera también el hecho no menor de que es una frase del suizo Nicolas Bouvier, que comparte con el autor la condición de escritor, gran viajero y fotógrafo. Porque nada en este conmovedor libro es gratuito.
Geografía íntima de un Trópico (nota de José Hugo)
Nota de José Hugo Fernández que aparece en la contraportada de “Geografía íntima de un Trópico”, a quien agradezco por su gentileza de leer el libro y regalarme esa valoración tan especial:
Magnífico libro. Ese ir y venir atravesando
el tiempo (sea el tiempo narrativo o el tiempo histórico), esas atinadas
entradas y salidas en la historia personal y en general en la historia, me han
traído a la memoria los magníficos artefactos sebaldianos. La estructura es
afortunada, a caballo entre el dietario, la novela y lo que ahora llaman
Autoficción, lo cual no es más que un nuevo nombre para un género antiquísimo.
Es ese tipo de obra que, además de sobresalir por su buena escritura y por la
riqueza de su contenido, poseen el extraño don de interesar a todo tipo de
lector.
mercredi 21 février 2024
ALTOS TECHOS DE ASBESTO. Abel Germán. (Ed. Primigenios)
Levanto la cabeza y miro a lo alto, buscando una cubierta de amianto, y me topo con un techo altísimo de ese material, hoy en desuso. Sostenía el techo dos columnas envueltas en poesía. Y fui dando vuelta a las columnas, y fui subiendo, y subiendo hasta llegar al alto techo poético que nos regala Abel Germán y que publica la editorial miamense Primigenios. Primero leí Desde lo alto de la roca de Lèucade. Esa primera parte la leí de un tirón, y me energizó. La poesía es hermosamente brutal, toca, golpea sin agredir, abre los ojos a un muerto. Al siguiente día leí la segunda parte, Altos techos de asbesto. Todos los poemas marcan al lector. Es asomarse a un mundo que conocemos y por el que pasamos sin darle la relevancia poética a la que su autor nos acerca. Poco más podría decir, pero sería mejor, y los invito, a que se sumerjan en el prólogo de José Hugo Fernández, que es encomiable (Mágico pontón sobre el vacío).
Y los invito también, a leer el artículo homónimo de
Odalys Interián, aparecido en la revista de poesía y letras, Lyrics &
Poetry.

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