dimanche 24 août 2014

Tristá & Juan Bruno Zayas


Todas las esquinas de Santa Clara tienen su historia. La que les presento, tiene la suya, y no precisamente les comentaré sobre la esquina (o las cuatro esquinas), sino sobre el cruce que hacen estas dos calles: Tristá y Juan Bruno Zayas. La más vieja historia se pierde allá por los comienzos de la villa, cuando viniendo del occidente de la Isla, se pasaba el río de la Sabana, y se entraba a un arrabal cuyo camino polvoriento llevaba hasta la Plaza Mayor. Este fue uno de los tres primeros caminos de acceso y salida que tuvo la villa, al cual se le bautizó como Paso Real del río. El empuje del comercio en una villa que comenzaba a espigar no se hizo esperar, y en los albores del dieciocho, se establecieron los primeros negocios de menesteres y oficios. Así se le llamaría en lo adelante al camino, Paso Real de los Oficios,  quedándose cortamente como “de los Oficios”, largamente Santa Clara de los Oficios y que duraría poco más de un siglo antes de volver a achicarse pero sin cambiar de nombre, cuando la villa se reordenaba urbanamente  durante el diecinueve. Entonces se honoró a la calle como Santa Clara, nombre que mantuvo hasta bien tarde nacida la República, aunque oficialmente la calle había sido rebautizada Rafael Tristá, que fuera hijo notable de la ciudad. La otra calle nace con la desaparición del arrabal convertido en barrio del Paso Real. Igual de polvorienta que las otras calles, Santo Espírito se extendía de norte a sur cortada por el cauce pedregoso del arroyo Marmolejo y el hilo de agua que era el arroyo de las Flores. La calle donde naciera Martha, no escapó a los cambios republicanos, y desde entonces se honoró con su nombre, al patriota cubano Juan Bruno Zayas.
La idea de escribir sobre este cruce de calles donde cada una de sus cuatro esquinas marca la historia del patrimonio urbano de la ciudad fue gracias a una foto colgada en una red social de amigos y gente de Santa Clara, nostálgicos, orgullosos y apasionados del terruño que los vio nacer. En efecto, la foto me impactó, y de súbito supe que yo conocía esa esquina, que no podía ser otra que Zayas y Tristá. Debo confesar que solo un detalle en la foto me hacía vacilar: el semáforo. En la foto aparecen tres de las cuatro esquinas, y es precisamente la que falta, la que permitiría un rápido reconocimiento del sitio. Y como no podía hacer de otra manera, intenté, primero recurrir a la memoria visual, y dos de las tres esquinas me resultaban familiares: la bodega y la fachada de la vivienda. Justo ellas me llevaban a pensar que era la esquina de marras, pero el lumínico indicando la farmacia, y los otros carteles anunciando comercios, me contrariaban la idea inicial. Un detalle importante, la guagua GM color mandarina que viene subiendo por Tristá. Las guaguas “mandarina” eran una particularidad santaclareña, y recuerdo haberlo escuchado de boca de mi padre.  Fue entonces que recurrí al archivo de fotos y fueron ellas quienes me permitieron corroborar que estaba en terreno seguro.
Las susodichas esquinas fueron mercedadas en épocas tempranas, cuando los barrios de Paso Real y de Tanoya se extendían y casi se tocaban, pero que no permitía el rocoso Marmolejo. La proximidad con la Plaza Mayor ponía en guardia a las autoridades de la villa, escribanos y aguzados mercaderes de la tierra. Los primeros caserones allí construidos lo fueron de tabla de palma, sólidos horcones y cubiertas de guano. Pero no tardaron en convertirse en casonas de mampostería y tejas. De ese pasado colonial queda la bodega, abierta desde mediados del siglo diecinueve. Donde antes estuvo situada la farmacia, mucho antes fue una vivienda, construida en el mismo estilo colonial, sin encanto ni derroche en materiales. El inmueble conoció una rehabilitación constructiva que le aportó esbeltez por los decorados agregados a las puertas y ventanas, y por la cornisa a la altura del techado. El eclecticismo estallaba en la Santa Clara de principios del siglo XX. Años más tarde el inmueble vio instalar entre sus paredes una farmacia y que debe haber existido hasta su cierre después de 1959. La tercera esquina siempre ha mantenido su función habitacional. Su fachada actual remplazó la del viejo caserón colonial durante los años republicanos. La esquina que no muestra la foto es obviamente la Iglesia Bautista “La Trinidad”, pero entrar en detalles al respecto, nos desviaría de la línea que nos empujó a contar un poco sobre la foto colgada en “gente de Santa Clara”.
No tardaré en hacer la misma foto colgada por el coterráneo Karel Becerra, si se me ocurre pasar una temporada en la tierra, pero a falta de ella, les comento casi la misma pero decorticadas en varias y tomadas en años diferentes.
Empecemos por la esquina de la bodega. Globalmente el inmueble no ha cambiado mucho y sigue siendo el caserón colonial construido inicialmente como comercio, y quizás también como vivienda, cosa frecuente en comercios de menesteres y de bodegas. En el ángulo de las dos calles sigue existiendo la bodega, oficialmente Unidad 677 del Mincin y nombrada “La Fortuna”, que además de vender “víveres en general” ya sean liberados o racionados, su función principal es atender a los consumidores inscritos en la misma, y venderles los productos “de la cuota”, es decir, aquellos que todavía siguen subsidiados por el Estado y para los cuales se precisa “la libreta” que procura la Oficoda. Poco importa, volvamos al inmueble y otros detalles. Tanto por Zayas como por Tristá, el caserón perdió parte de su volumen espacial y todo parece indicar que en cada extremo existen dos viviendas, detalle que puede verse a simple vista, por el color de la pintura dado a la fachada, pero también por lo disonante de la puerta y dos ventanas, en el extremo que tiene por Zayas. El poste del tendido eléctrico debe ser el mismo, la placa fundida que señala J.B.Zayas sigue en su lugar y no aquella en mármol por Rafael Tristá. La tapa de botella anunciando la Pepsi y el cartel de la Coca Cola desaparecieron antes de que yo naciera y el Te seré fiel [mi Cuba y dos palmas] decora una pared pintada a cal.

La vivienda frente a la bodega mirando al norte, se ha salvado de los estragos del tiempo, y no ha sufrido las remodelaciones que poco a poco condenan el paisaje urbano de Santa Clara. La vivienda hace parte de un conjunto de viviendas cuyos frentes dan a Zayas y revelan, a pesar de ciertos detalles, uniformidad de estilo. La foto tomada en febrero del 2009 nos muestra una fachada que reclama a gritos, un poco de atención y mantenimiento. Los gritos cesaron al año siguiente, aunque todo parece indicar que no alcanzó la pintura para toda la fachada, quedando sin brochazos la cornisa superior, que felizmente había sido repellada y mantenida. Por el costado de Tristá, se agregó una placa con la efigie y el nombre de quien fuera médico y alcalde de la ciudad.



La tercera esquina es aquella que ha sufrido los embates de las políticas revolucionarias y urbanas. La política interventora llevada a cabo por las autoridades en la década del 60’ trajeron consigo el cierre de la farmacia y como muchos otros locales comerciales, los muros pasaron a disposición de la Reforma Urbana y entregados como viviendas a familias con problemas habitacionales. No voy a evocar porque no es mi objetivo, la historia y consecuencias de estas políticas habitacionales. Sencillamente, la farmacia fue remplazada por un núcleo familiar. Como otras fincas urbanas, el volumen del inmueble correspondía a las medidas establecidas para las parcelas mercedadas en el perímetro urbano de la villa. Del caserón que fuera luego remodelado a principios del siglo XX queda poco. La foto tomada en 1956 no me ofrece todo el tamaño que tenía el inmueble en ese momento.

 Yo miro la foto tomada en noviembre del 2010 y saco mis propias conclusiones. Primero, pienso que el inmueble original fue decapitado en sus dos extremos, tanto por Zayas como por Tristá, y que esa pérdida pudo haber sido mucho antes de 1959 o posterior a 1959. Al desaparecer la farmacia, y convertirse en vivienda, ésta mantuvo durante un tiempo el estilo arquitectónico de principios de siglo. Habría que preguntarse también, cuántos núcleos familiares se compartieron los muros del comercio intervenido? Cuántas familias se sucedieron desde que el inmueble pasara a manos de la Reforma Urbana? Cuál de esas familias fue la pionera en la remodelación/destrucción del estilo original de la fachada? Al detallar las diferencias exteriores, podría pensar que dos familias ocupan el inmueble. La familia cuya entrada da por Zayas, no ha hecho trabajos de remodelación de la fachada, quizás cambios en la carpintería de las puertas ventanas para adaptarlas a vivienda. Da grima ver el estado actual de la fachada de la otra “vivienda” cuya remodelación trajo consigo la supresión de cinco puertas-ventanas, la pérdida de ornamentos y capiteles, incluso de una parte de su cornisa alada. Por otro lado, valiéndose del puntal alto del inmueble, la vivienda se vio ampliada en piezas al ser construida una “barbacoa” y con ella se agregaron cinco ventanas de persianas para el altillo, y un derroche de rejas de hierro, incluso para la puerta de entrada. Tanto hay que esconder y preservar? Tan grande es la inseguridad que hay necesidad de parapetarse detrás de rejas que impresionan por la semejanza a ventanas carcelarias? Todavía queda en la fachada la placa en hierro que da nombre a la calle Tristá. El semáforo en este cruce de calles desapareció, y pienso que como yo, muchos no sabían que existió uno en ese lugar, clave en la circulación vial de la ciudad. Para conciliar tráfico y seguridad vial la señal de Pare es menos costosa y felizmente a partir de ese cruce en dirección al Parque los carretones no tienen acceso.

Para aquellos que todavía tienen dudas de si es Santa Clara y qué cruce de calles es, les cuelgo mis fotos para ayudarlos a salir de la duda, de la sorpresa y de la decepción al ver tanto paisaje urbano malogrado. © cAc-2014

samedi 3 mai 2014

Otros detalles acerca de Santa Rosalía

Conjunto de fotos tomadas el 13 de febrero del 2013
Evidentemente, la restauración no es coser y cantar. Si lo que se persigue es un trabajo de calidad, entonces el trabajo lleva pasión, lleva amor, y mucha responsabilidad sobre las espaldas de quienes faenan y en todos los estrados de la jerarquía. Las jerarquías son necesarias, pero también matan, desarticulan, dividen, y hasta ensordecen a pesar de los gritos de quienes saben más por profesionales que por jerarca. Una tarde me encaminé a Santa Rosalía para ver si podía hacer tomas de la rehabilitación interior. No. No así de seco. Me conformé con ver el renacimiento de la fachada de Santa Rosalía, todavía en manos de artistas artesanos. Pero el hecho que un tonto diga NO, no se pueden hacer fotos (de hecho, en muchos sitios, -ya lo he comentado en las páginas de este blog- es como si hacer fotos fuera un crimen!) no significa que todo está perdido. Mala suerte, me dije, pero al cabo de unos días, y me quedaban pocos antes de volver a Francia, una persona a la que quiero mucho, me invitó para que viera lo que ya casi estaba terminado en su interior. Sin necesidad de cerrar los ojos, volví a recordar el inmueble en ruinas. Incluso, llevé aún más atrás mi imaginación. Las imágenes ruinosas me permitieron ver aspectos que lo nuevo no permite. El colegio, de planta trapezoidal y altos puntales, había sido edificado según las costumbres coloniales tradicionales. Las paredes, en calidad de muros de carga, se levantaron con ladrillos de diferente espesor. En los tabiques, los ladrillos eran de poco espesor. Las paredes divisorias destacaban por sus vanos en forma de arcos de medio punto, y en sus arranques cornisas ornamentales y en los bordes, ochavas estriadas. La cobertura se componía de vigas. Las crujías, tanto las que bordean el patio como las dos más importantes, estaban compuestas de losas, salvo que en las principales, las losas eran planas casetonadas. Los techos de las piezas principales del colegio se ornaban con molduras de yeso. Yo escudriñaba cada rincón, disparaba la cámara, miraba, me complacía ver aquella rehabilitación de un inmueble caro al patrimonio urbano santaclareño, y que tiene el lujo de situarse en una manzana de excelencia, teniendo como vecinos al teatro y al otrora Colegio “San Pedro Nolasco”, un triángulo que lleva la marca histórica de los Abreu. Plantado en medio del patio, me dijeron al oído que todo no era color rosa, que no siempre la calidad de la restauración estaba a la altura, que había detalles de la decoración que estaban levantando ronchas y creando disgustos. Para entonces ya se había resuelto lo de la abertura de la puerta que da al lado del teatro, y que a mí particularmente me gusta sobremanera. Lámparas, apliques, cristales tallados con las letras SR, marquetería oliendo a barnices y aceites… Seguí mi visita sin ver el lado oscuro de aquello que mis ojos eran incapaces de ver, y con cierta timidez apretaba el obturador de mi cámara. Al salir, sentí como un alivio al ver que aquel edificio renacía y que pronto abriría sus puertas, aunque no para el disfrute de niñas pobres, sino para turistas ávidos de un cuadro agradable en el centro de la ciudad y para los locales solventes que puedan sentarse en sitios de esa categoría. Desde la calle volví a abarcar el esplendor de su fachada, la carpintería, los enrejados con sus atípicos motivos de florero sin desdeñar la lira, el sostenido equilibrio rítmico de sus vanos, los frisos, las cornisas, las pilastras con capiteles jónicos, y el frontoncillo sobre el pórtico principal. Aquella tarde todavía los andamios cubrían la fachada. Caminé en dirección al parque, y me volteé para mirar otra vez, ese pedazo de Santa Rosalía que es su única pared lateral y que impresiona por su majestuosidad. ©cAc-2014 

Foto tomada en enero del 2014.
Las siglas SR sobre el globo del aplique exterior es pura imaginacion del autor.


samedi 19 avril 2014

Apuntalamiento e inicios de la rehabilitación (Santa Rosalía)














En el 2010, descubrí que la fachada de Santa Rosalía estaba apuntalada, la puerta principal medio tapiada, el interior como un gran espacio vacío, inaccesible, imposible de ver otra etapa del deterioro. Dos años después, en 2012, andamios, vallas, fachada en rehabilitación, y la señal triangular de hombres trabajando en un extremo del edificio, el que linda con el teatro. Aquello de ver Santa Rosalía renaciendo de sus ruinas me llenó de una inmensa alegría. Y qué otra cosa no podría uno hacer, que alegrarnos como pilongos que somos? Dos meses más tarde, aunque aún se mantenían los andamios, la fachada restaurada y el toque armonioso de pintura sobre sus paredes y decorado, empujaban a quedarse allí, para ver el conjunto terminado. ©cAc-2014



vendredi 18 avril 2014

Los años de abandono y lasitud (Santa Rosalía)



El deterioro duró años, a veces imperceptible desde el exterior. Ventanales con su vidriería fueron desarmándose y la humedad y cada día que pasaba, golpeaba el edificio. El pretil comenzó a dejar al descubierto sus ladrillos. La pintura marchitando, la marquetería pudriéndose. Tiempo después, desde afuera podía verse como la mala hierba cubría el patio y hasta los salones contiguos a la calle, y una mata de plátanos miraba a los pasantes desde su sitio detrás de una de las ventanas de su fachada. El deterioro fue brusco entre el 2004 y el 2005. En el 2009 logré entrar en el edificio y cuál no sería mi sorpresa al ver el estado en que se encontraba Santa Rosalía. Beirut de los 80’? Damasco o Alep mutiladas por la interminable guerra? Patio, salones, las molduras de los techos, las arcadas, aquello era un espanto. ©cAc-2014


Santa Rosalía, Academia de Artes Plásticas “L. Romañach”

Fecha incierta, pero después de la intervención del inmueble, y tomado en propiedad por las autoridades locales, fue instalada allí la Academia de Artes Plásticas “Leopoldo Romañach”. Es de este periodo la placa esculpida de la que hablamos más arriba? Tampoco puedo hacerles saber, y no recuerdo la inscripción que una vez estuvo colocada en la parte inferior de la placa. 
La Academia de Artes Plásticas dejó el edificio de la calle Máximo Gómez a finales de la década del 70 cuando abrió la Escuela Vocacional de Arte “Olga Alonso”, levantada al este de la ciudad. Fueron los comienzos del abandono del inmueble legado por Rosalía Arencibia de Abreu. ©cAc-2014

El cierre de la escuela Santa Rosalía

S A N T A   R O S A L Í A
ESCUELA GRATUITA PARA NIÑAS POBRES,
MANDADA  FUNDAR  POR
Da. ROSALÍA   ARENCIBIA   DE   ABREU,
Y  SOSTENIDA  POR  SUS  HIJAS.
1884.


Y, cuándo dejó de funcionar la Escuela Santa Rosalía? Ciertamente no está en mis manos ofrecer una fecha exacta. Según datos de archivos, en 1950, el edificio acogió la Escuela de Artes y Oficios de Santa Clara. Hasta cuándo funcionó esta escuela? Pertenece a este periodo la placa esculpida y que se mantiene en la fachada principal del edificio? Yo supongo que la escuela de Artes y Oficios no era de carácter religioso, pero al leer el histórico del inmueble que aparece en la ficha de presentación de la renovada Santa Rosalía, leemos queEste colegio funcionó con el carácter religioso con que se concibió hasta mayo de 1961 cuando por acuerdo de la JUCEI, la Dirección Provincial de Educación y las organizaciones revolucionarias designaron los interventores para las escuelas que se iban a nacionalizar en esta ciudad, cumpliendo así una disposición de la Revolución de que la enseñanza fuera laica y gratuita.” Si tomamos al pie de la letra esta información, la escuela Santa Rosalía para niñas pobres mantuvo su vocación educativa desde diciembre de 1885 hasta mayo de 1961, es decir durante tres cuartos de siglo. Si la escuela Santa Rosalía fue intervenida y nacionalizada, y las monjas del Amor de Dios (era la misma congregación desde 1885 u otra?) hicieron sus bultos y partieron, qué devino el edificio en ese año 1961? ©cAc-2014

Yendo hacia atrás, para volver a Santa Rosalía


Pero la historia no se limita al legado de Doña Rosalía Arencibia de Abreu y al sostenimiento de la escuela por parte de sus hijas. La historia está ligada a los albores de la villa, cuando el terreno hacía parte de la Ermita de la Candelaria, la cual cubría entonces una superficie de 5 solares. En 1696, el terreno estaba ocupado por el cuerpo de bomberos de la villa, todavía villorrio enyerbado y polvoriento. Entonces Santa Clara era Gloriosa y comenzaba a enhebrar su cotidiano y poner miras a su futuro. Los años pasaron, y ya al final del siglo XVIII, las familias Abreu y Arencibia estaban instaladas en Santa Clara. Desde su instalación, la familia Abreu fue aumentando su lote de propiedades en la villa. La parcela de la calle del Carmen N° 1 (actual Máximo Gómez) hacía parte de esas propiedades y en ella, mandó Doña Rosalía, antes de fallecer, que se construyera una escuela para niñas pobres, y para llevar a cabo la obra, legó 20000 pesos, que hizo saber en su testamento. La Escuela Santa Rosalía fue terminada con el sostén de las tres hermanas Abreu Arencibia: Rosa, la mayor; Marta, y la más joven, Rosalía Paula. La edificación escolar, contaba con cuatro grandes piezas, luminosas y ventiladas, que servían de aulas. Las Hermanas del Amor de Dios, que se ocupaban de la instrucción de las niñas, -casi un centenar-, disponían de cinco celdas. El inmueble ocupaba una superficie de 1215 m². La Escuela quedó abierta el 28 de diciembre de 1885, y mantuvo su carácter de colegio religioso hasta el cierre de la misma. © cAc-2014 


mercredi 9 avril 2014

Santa Rosalía

Cuando entré por la primera vez al edificio que ocupara la escuela Santa Rosalía, ya el sitio estaba marcado por la ruina y el abandono. Creo que fue allá por 1983, cuando el inmueble acogió entre sus paredes, aquella tertulia de sábado provinciano que comenzaba a las nueve de la noche y se extendía hasta comenzada la madrugada. Fue el segundo sitio de la ciudad donde Ramón Silverio, -actor y dramaturgo- se instaló para ofrecer aquella bebida que era un exquisito mejunje y que le diera nombre y renombre al actual Mejunje. Al entrar en aquel edificio de la ciudad, estaba liándome a la historia urbana de Santa Clara y a la saga patrimonial de los Abreu. En ese momento, los curiosos pudimos ver con tristeza la degradación del lugar que viene a ser como una bofetada a la historia. Un buen día Santa Rosalía cerró su puerta a la velada cultural y acogió a aquel que se convirtiera en el más grande parqueo de bicicletas aledaño al Parque Vidal. En los pisos de la otrora institución educacional, en lugar de caer gotas del mejunje silveriano, ron y otras bebidas, cayeron el peso del polvo, de las ruedas y la suciedad del entra y sale de bicicletas. El abandono se enseñoreó del inmueble y justo recuerdo el gris azulado de sus paredes interiores y el bicolor triste de una fachada, casi monumental para Santa Clara, todavía a tiempo de rescatarla para orgullo de los santaclareños. © cAc-2014 

Premio de Conservación & Restauración Villa Clara 2014

El pasado mes de marzo se dieron a conocer los resultados del Premio Provincial de Conservación y Restauración 2014 de Villa Clara. En este onceno evento, quedaron nominados para los galardones, once inmuebles en la categoría Conservación, y dos en la categoría Restauración. En el evento participan obras del sector estatal y también construcciones domésticas particulares. En la categoría Conservación fueron premiados en el orden estatal, “Las Trancas”, situado en el Valle del Sumidero, en la montañosa Jibacoa; y como construcción doméstica particular, la Casa Guardiola, de Sagua la Grande. En la categoría Restauración, no se adjudicó Premio al sector estatal, pero se distinguió con Mención, al recién creado Complejo Gastronómico Cultural “Santa Rosalía”, y digo recién creado, porque el inmueble, otrora escuela para niñas pobres de Santa Clara, legado de Rosalía Arencibia de Abreu, fue rehabilitado y convertido en sitio de pausa culinaria y cultural. En el sector particular el Premio fue otorgado al Hostal “La Estancia” de la ciudad de Remedios, una construcción doméstica cuya restauración y cuidado está en las manos de su propietario, Manuel Antonio García Rodríguez. En estas páginas, me referiré al inmueble santaclareño porque siempre me pareció un misterio y hasta imaginé la época en que las hermanas del Amor de Dios ocupaban las cinco celdas e instruían a las niñas. Después iremos a la villa de Caturla, para tocar a la puerta de la estancia remediana y apreciar su restauración. ©cAc-2014 

dimanche 6 avril 2014

Santa Clara, la de cada vez…

Pintura mural sobre una pared lateral del otrora Teatro Marti en calle Trista y carretera Central
Los tres últimos viajes que he hecho a Santa Clara, han sido cuando ya el año va proa a su final. El primero para cuidar y decir adiós para siempre a mi padre. El segundo, para casi acompañar hasta el final, a Hilda Velia. El último viaje, tormentoso a la llegada, lluvioso a la partida, soleado con aires fríos agradables pero que nunca llegaron a ser invierno. Yo diría un largo otoño con vacilaciones primaverales. Hojas que caían, el limonero y el higo retoñando, el mango florecido, las flores inundando el patio, faena de vientos adelantados, y vuelto a florecer para darme envidia cuando la parición sea una realidad y yo no esté a la sombra de la mata para saborear los mangos. Y en cada viaje, Santa Clara omnipresente. Puestas de sol que pueden dejar boquiabiertos a muchos, el Bélico buscando el norte, el parque viviendo el letargo provinciano, el Cubanicay queriendo estar limpio y la gente empecinada en ahogarlo con trastes y basuras. Santa Clara de mercados dominicales, de la Plaza Apolo con sus artesanos y la calle Villuendas inundada de jóvenes lumpen que quieren vivir del negocio sin doblar el lomo, de barrios que solo conocen sus habitantes, y de carretones tirados por caballos dejando su triste traza fecal que el viento se encargará de dispersar. Santa Clara de tardes amenizadas por la retreta instalada en la glorieta del parque, de nuevas rutas de guaguas haciendo competencia a los carretoneros y a los bicitaxis, reunidos en sus puntos de cabecera, discutiendo de todo y de nada, esperando, esperando, dando pedales hasta la zona hospitalaria o esperando al turista que prefiera ir a la plaza, a la otra, la que está en Virginia, en bici y no a pie. Santa Clara de eventos, de pelota, de tertulias y timbeques, de Mejunje teatro y danza hasta terminar como un trompo, y aquella de mediocridades, de falsas promesas, de noches de la buena suerte o noches marcadas por el brillo y las lentejuelas que esconden senos inflados por la silicona y nalgas postizas como ampollas protuberantes. Ah, Santa Clara!, cuánta cosa vista y cuánta cosa para contar a viva voz, o en pequeño comité. Santa Clara que te queremos, volvemos a la carga, para que sigas compartida entre todos. © cAc-2014

lundi 17 mars 2014

Avatares de un patio provenzal (VI)

Invierno, dicen que suave y sin heladas lacerantes. Invierno en tropel, a mi llegada al valle. Gigante valle con su vena acuosa humectando el aire. Aire tibio, sol permanente, hojas secas esperando el momento de la quema, hojas aplastadas por ciertas lluvias, recalcitrantes vientos, y vencidas por el peso del olvido. Meses de abandono, de soledad desabrigada, de silencio caprichoso. Las ramas queriendo modelar formas cercanas a piernas de bailarinas escuálidas. Los troncos maquillados de viejo musgo que fuera verde que es verde medio gris medio incoloro. Semana sin viento, sin prisa detrás de las hojas, camufladas de alegría, contentas de haber llegado al final, o casi al final de la estación, secas, trepidantes, sedientas…
Invierno con sol, con atardeceres rojizos detrás de los montes que esconden el pueblito. Violetas y pissenlits cubriendo el jardín con apetito. Verdes las hojas elegantes de las hortensias y verdes las agujas de pinos y cipreses. Las sombras inmóviles durante la ausencia de viento, ahora alocadas confundidas desmemoriadas. El marco deformado por la sombra se hace bandera, yo le doy colores y cabalgo sobre la lava en algún lugar de Islandia. Sigo el hilo de la sombra y mis ojos se posan afuera. Sobre una rama del abedul, una tórtola viuda desafía al viento que ulula sin reparos.

Invierno esperando morir, con amaneceres azulados alzándose por un costado del Mont Ventoux. Calvo, encanecido, el monte no teme al viento, y como la tórtola, lo desafía, le riñe, se deja abrazar y luego lo despide, como a un amigo que conoce, viejo andante por esos lares. El patio pierde la calma, las margaritas enfrentan una ráfaga del viento, se pliegan, danzan y besan el suelo. Jacinto púrpura y rosa viejo. A un lado y otro del patio, separados por una lengua de césped carcomido. Cuarenta inviernos soportó el decano de los cipreses. Cadáver marrón espinoso vomitando un último aliento de vida vegetal. Adiós ciprés. Patio en duelo, abatido por el tiempo. El viento arrecia. La hiedra se afana a comer proteger vivir sobre un tronco grueso. El viento no hace la guerra a la hiedra. Gritan dos urracas y despiertan a la familia de ardillas refugiadas en el tronco ahuecado, al fondo, donde nadie va, donde no molesta el viento. El viento cesa. Cuestión de minutos, de vida y muerte. Soplará hasta mañana, y luego vendrá la calma, hasta el retorno. ©cAc-2014