dimanche 14 juin 2015

SANTA CLARA by cAc

Santa Clara es más que un paseo, un acorde en el hilo de nuestras vidas, que tocamos sin darnos cuenta, que amamos y mutilamos, sin decirlo, o a gritos como locos que la miran agarrados a una reja invisible, los ojos desbordados de amor por las diez letras que componen las dos palabras que arrastraremos por doquier. Se escaparán crónicas, otras quedarán olvidadas en el andén de un paradero, algunas serán el fruto de la imaginación, de proposiciones incluso de textos a dos manos cuando ellas quieran moldear lo que las mías no puedan teclear. Santa Clara revisitada desde la obscuridad amable de un granero en los confines de la Provenza será un paseo en el tiempo, una mirada atrás para recordar calles y muros con sus tristezas y alegrías, los inicios polvorientos, la hora de los adoquines, del desorden, de las ingratitudes y de las esperanzas que se forjan escudriñando el viaje lento de una hoja flotando en las aguas del Bélico…
Santa Clara vista por mí se deshoja como una página cAc y los invita a palear arena y piedra no solo al interior de sus dos modestos ríos, también buscando la sequedad de sus sabanas, la fertilidad de sus tierras en dirección de San Gil, el polvo del camino a Revacadero o la sombra  delgada que ofrecen los eucaliptus que cubren la Melchora y sus alrededores.
Santa Clara no desaparecerá de los Blogs I & II de cAc, pero el grueso de los textos propios a la ciudad de Marta, desde la misa fundacional hasta este siglo que trota como potro sin fatiga hacia esperanzas e incertidumbres, encontraron un hoyo fértil en www.santaclarabycac.blogspot.com Buena lectura a todos, quizás hermosos recuerdos para muchos, remembranzas tristes para otros y para los amantes del debate y la polémica, la polémica gentil, evidentemente, a todos, mi bienvenida cordial.

                                                                                              cAc, primavera del 2015

dimanche 6 avril 2014

Santa Clara, la de cada vez…

Pintura mural sobre una pared lateral del otrora Teatro Marti en calle Trista y carretera Central
Los tres últimos viajes que he hecho a Santa Clara, han sido cuando ya el año va proa a su final. El primero para cuidar y decir adiós para siempre a mi padre. El segundo, para casi acompañar hasta el final, a Hilda Velia. El último viaje, tormentoso a la llegada, lluvioso a la partida, soleado con aires fríos agradables pero que nunca llegaron a ser invierno. Yo diría un largo otoño con vacilaciones primaverales. Hojas que caían, el limonero y el higo retoñando, el mango florecido, las flores inundando el patio, faena de vientos adelantados, y vuelto a florecer para darme envidia cuando la parición sea una realidad y yo no esté a la sombra de la mata para saborear los mangos. Y en cada viaje, Santa Clara omnipresente. Puestas de sol que pueden dejar boquiabiertos a muchos, el Bélico buscando el norte, el parque viviendo el letargo provinciano, el Cubanicay queriendo estar limpio y la gente empecinada en ahogarlo con trastes y basuras. Santa Clara de mercados dominicales, de la Plaza Apolo con sus artesanos y la calle Villuendas inundada de jóvenes lumpen que quieren vivir del negocio sin doblar el lomo, de barrios que solo conocen sus habitantes, y de carretones tirados por caballos dejando su triste traza fecal que el viento se encargará de dispersar. Santa Clara de tardes amenizadas por la retreta instalada en la glorieta del parque, de nuevas rutas de guaguas haciendo competencia a los carretoneros y a los bicitaxis, reunidos en sus puntos de cabecera, discutiendo de todo y de nada, esperando, esperando, dando pedales hasta la zona hospitalaria o esperando al turista que prefiera ir a la plaza, a la otra, la que está en Virginia, en bici y no a pie. Santa Clara de eventos, de pelota, de tertulias y timbeques, de Mejunje teatro y danza hasta terminar como un trompo, y aquella de mediocridades, de falsas promesas, de noches de la buena suerte o noches marcadas por el brillo y las lentejuelas que esconden senos inflados por la silicona y nalgas postizas como ampollas protuberantes. Ah, Santa Clara!, cuánta cosa vista y cuánta cosa para contar a viva voz, o en pequeño comité. Santa Clara que te queremos, volvemos a la carga, para que sigas compartida entre todos. © cAc-2014

lundi 17 mars 2014

Avatares de un patio provenzal (VI)

Invierno, dicen que suave y sin heladas lacerantes. Invierno en tropel, a mi llegada al valle. Gigante valle con su vena acuosa humectando el aire. Aire tibio, sol permanente, hojas secas esperando el momento de la quema, hojas aplastadas por ciertas lluvias, recalcitrantes vientos, y vencidas por el peso del olvido. Meses de abandono, de soledad desabrigada, de silencio caprichoso. Las ramas queriendo modelar formas cercanas a piernas de bailarinas escuálidas. Los troncos maquillados de viejo musgo que fuera verde que es verde medio gris medio incoloro. Semana sin viento, sin prisa detrás de las hojas, camufladas de alegría, contentas de haber llegado al final, o casi al final de la estación, secas, trepidantes, sedientas…
Invierno con sol, con atardeceres rojizos detrás de los montes que esconden el pueblito. Violetas y pissenlits cubriendo el jardín con apetito. Verdes las hojas elegantes de las hortensias y verdes las agujas de pinos y cipreses. Las sombras inmóviles durante la ausencia de viento, ahora alocadas confundidas desmemoriadas. El marco deformado por la sombra se hace bandera, yo le doy colores y cabalgo sobre la lava en algún lugar de Islandia. Sigo el hilo de la sombra y mis ojos se posan afuera. Sobre una rama del abedul, una tórtola viuda desafía al viento que ulula sin reparos.

Invierno esperando morir, con amaneceres azulados alzándose por un costado del Mont Ventoux. Calvo, encanecido, el monte no teme al viento, y como la tórtola, lo desafía, le riñe, se deja abrazar y luego lo despide, como a un amigo que conoce, viejo andante por esos lares. El patio pierde la calma, las margaritas enfrentan una ráfaga del viento, se pliegan, danzan y besan el suelo. Jacinto púrpura y rosa viejo. A un lado y otro del patio, separados por una lengua de césped carcomido. Cuarenta inviernos soportó el decano de los cipreses. Cadáver marrón espinoso vomitando un último aliento de vida vegetal. Adiós ciprés. Patio en duelo, abatido por el tiempo. El viento arrecia. La hiedra se afana a comer proteger vivir sobre un tronco grueso. El viento no hace la guerra a la hiedra. Gritan dos urracas y despiertan a la familia de ardillas refugiadas en el tronco ahuecado, al fondo, donde nadie va, donde no molesta el viento. El viento cesa. Cuestión de minutos, de vida y muerte. Soplará hasta mañana, y luego vendrá la calma, hasta el retorno. ©cAc-2014

dimanche 16 mars 2014

Como una rueda, la vuelta se hace…

…se hace casi siempre al atardecer, cuando del sol queda la nostalgia y allá por el Cabo de San Antonio, un hilo tenso cuelga del astro y corta en dos mitades el golfo. Al voltearse febrero, el avión despega en busca del tercer mes del año que ya ha comenzado para millones de gentes al otro extremo de mis sueños. Se va volteando la estructura metálica, y nos deja ver las luces de San Cristóbal que tintinean dispersas como faroles chinos alumbrando el sendero a una gruta. La vuelta no tiene marcha atrás. El retorno está previsto cuando los ciclones queden dormidos hasta la próxima temporada. Vuelvo de un invierno suave, pobre en silencios. Y dejo atrás como otras veces, la voz apagada de mis padres. De Hilda Velia, dormida para siempre con el rosario entre sus manos bonitas y delicadas. De Jimena enterrada no lejos del Arroyo Grande. Las vueltas son peligrosas cuando el tiempo hace de la rueda un gigante desvestido. Hay vueltas y volteretas. Yo vuelvo, y siempre vuelvo porque así lo quiero. Sin rencores, quizás alguna que otra frustración prendida como alfiler en un pañuelo de recuerdos. Y cuando vuelvo, sigo usando los pañuelos bordados por Olga con las iniciales de mi padre, o las mías, pañuelos que han secado alegrías y tristezas, y emboscado catarros otoñales. Quién dice que no hay otoño en la tierra que un adelantado pisara al claro de luna de un noviembre lejano en el tiempo. Caen las hojas del mango y del limonero y hacen un colchón espeso en el patio. Patio vestido de salvia, de oloroso orégano y orquídeas que sorprenden a la mañana, mientras van abriendo y ganando en color. Caen las hojas de la yagruma y de los almendros. Caen. El otoño es como una pincelada. El desamparo de los árboles. La ilusión de ponerse un chal, mi madre, mis tías. Ilusiones destartaladas por el tiempo y la vida. La vida en ruedas. A veces con alas para llegar al Bélico y asustar las garzas blancas que por allí anidan. Siempre sobre dos ruedas, rodando por la ciudad de Marta, sobre dos ruedas que vueltas hacen… ©cAc-2014

dimanche 24 novembre 2013

Avatares de un patio provenzal (V)

Pasada la medianoche, la bóveda celeste que cubría la estación era de un gris vulnerable, un gris aplomado, de nubes decapitadas, quejosas, medio algodonadas. Las vi desangradas al pasar a la otra orilla del Ródano. Un tímido rojo, -pensemos a un rojo que el uso frecuente a desteñido, cabalgaba en busca del alba, más allá de los montes Cevenoles. Primero el rojo fustigaba a sus jamelgos delante de nosotros, luego fue quedando a la derecha y el camino se hizo negro penetrando un túnel de chopos casi desnudos. La luz se hizo al final de la carretera y de súbito, comenzó a escucharse el quejido doloroso de alguna que otra rama violentada por el viento. La busqué para protegerla, y fue en vano. El silencio hizo que la queja de los cipreses se hiciera escuchar mientras los pasos apurados aplastaban las hojas, caídas desde antes de que finalizara el verano. Conozco esas hojas treboladas, balbuceé. Las hojas secas crujían como cruje un madero hecho brasas. Aplastarlas no era la intención primera en aquella ya comenzada madrugada. Ventanas y contraventanas no fueron suficientes para impedir el gemido que venía del exterior y que crecía y crecía como una tos perruna, hambrienta, solitaria. Al alba, hubo un reposo de las quejas amontonadas que aguardaban la llegada del día. Yo aguardaba la llegada como quien espera a un pariente lejano que no olvidamos. El ulular del viento me impide dormir. Esperar en la penumbra no ayuda a compensar el tiempo de la espera. Espero el amanecer. Pero al llegar, el amanecer apareció vestido con harapos oscuros. Y oscuro fue el día, cargado de ese viento que comienza dando salticos de un sitio a otro. Como una golondrina enceguecida por un rayo de sol. Un viento fatigado, incapaz de empujar las nubes hacia los laberínticos meandros del Ródano. El abuelo de los vientos, el mistral negro. A veces lloroso, pero engendrando fuerza en su soplido. Sopla el mistral y el patio se convierte en arenas de gladiadores. Gladiador el viento, esclavas las hojas de su voluntad natural. Las hojas se arremolinan, intentan hacer frente a aquel que osa empujarlas sin clemencia y terminan amontonadas contra los tiestos de esqueléticas plantas que fueron hermosas durante la primavera. Un ejército de hojas muertas se lanza en avalancha contra el muro de piedras del fondo, se voltean, hacen cabriolas, se suspenden en el aire como un colibrí y caen y caen como codornices baleadas por un cazador. Las sigo con la vista puesta lejos, lejos del viento que irrumpe en mis retinas. Miro desolado el patio. El patio pierde su gracia, su simplicidad de tierra provenzal donde conviven olivos y laureles. Se ahoga con las hojas del castaño, se inunda de hojas escuálidas escupidas por los abedules y enseña la tierra barrida, allí donde el viento se hizo napalm. De negro vestido en un comienzo, el mistral se echa encima su capa azul de guerrero triunfante. Las nubes desaparecieron mientras yo seguía el ritmo descendente de una hoja desprendida del níspero. Las adelfas bailan una danza de supervivencia y todo aquello capaz de arrodillarse ante la furia que sopla, se pliega al juego interminable de soplidos que corren bajando una ladera, y siguen corriendo mientras el valle se ensancha a sus pies, penetran en los vericuetos de calles estrechas de viejos pueblitos, y hacen temblar las hojas temerosas de morir desterradas en otros patios, aunque el avatar sea el mismo, el mismo que mi patio provenzal. ©cAc-2013