samedi 3 mai 2014

Otros detalles acerca de Santa Rosalía

Conjunto de fotos tomadas el 13 de febrero del 2013
Evidentemente, la restauración no es coser y cantar. Si lo que se persigue es un trabajo de calidad, entonces el trabajo lleva pasión, lleva amor, y mucha responsabilidad sobre las espaldas de quienes faenan y en todos los estrados de la jerarquía. Las jerarquías son necesarias, pero también matan, desarticulan, dividen, y hasta ensordecen a pesar de los gritos de quienes saben más por profesionales que por jerarca. Una tarde me encaminé a Santa Rosalía para ver si podía hacer tomas de la rehabilitación interior. No. No así de seco. Me conformé con ver el renacimiento de la fachada de Santa Rosalía, todavía en manos de artistas artesanos. Pero el hecho que un tonto diga NO, no se pueden hacer fotos (de hecho, en muchos sitios, -ya lo he comentado en las páginas de este blog- es como si hacer fotos fuera un crimen!) no significa que todo está perdido. Mala suerte, me dije, pero al cabo de unos días, y me quedaban pocos antes de volver a Francia, una persona a la que quiero mucho, me invitó para que viera lo que ya casi estaba terminado en su interior. Sin necesidad de cerrar los ojos, volví a recordar el inmueble en ruinas. Incluso, llevé aún más atrás mi imaginación. Las imágenes ruinosas me permitieron ver aspectos que lo nuevo no permite. El colegio, de planta trapezoidal y altos puntales, había sido edificado según las costumbres coloniales tradicionales. Las paredes, en calidad de muros de carga, se levantaron con ladrillos de diferente espesor. En los tabiques, los ladrillos eran de poco espesor. Las paredes divisorias destacaban por sus vanos en forma de arcos de medio punto, y en sus arranques cornisas ornamentales y en los bordes, ochavas estriadas. La cobertura se componía de vigas. Las crujías, tanto las que bordean el patio como las dos más importantes, estaban compuestas de losas, salvo que en las principales, las losas eran planas casetonadas. Los techos de las piezas principales del colegio se ornaban con molduras de yeso. Yo escudriñaba cada rincón, disparaba la cámara, miraba, me complacía ver aquella rehabilitación de un inmueble caro al patrimonio urbano santaclareño, y que tiene el lujo de situarse en una manzana de excelencia, teniendo como vecinos al teatro y al otrora Colegio “San Pedro Nolasco”, un triángulo que lleva la marca histórica de los Abreu. Plantado en medio del patio, me dijeron al oído que todo no era color rosa, que no siempre la calidad de la restauración estaba a la altura, que había detalles de la decoración que estaban levantando ronchas y creando disgustos. Para entonces ya se había resuelto lo de la abertura de la puerta que da al lado del teatro, y que a mí particularmente me gusta sobremanera. Lámparas, apliques, cristales tallados con las letras SR, marquetería oliendo a barnices y aceites… Seguí mi visita sin ver el lado oscuro de aquello que mis ojos eran incapaces de ver, y con cierta timidez apretaba el obturador de mi cámara. Al salir, sentí como un alivio al ver que aquel edificio renacía y que pronto abriría sus puertas, aunque no para el disfrute de niñas pobres, sino para turistas ávidos de un cuadro agradable en el centro de la ciudad y para los locales solventes que puedan sentarse en sitios de esa categoría. Desde la calle volví a abarcar el esplendor de su fachada, la carpintería, los enrejados con sus atípicos motivos de florero sin desdeñar la lira, el sostenido equilibrio rítmico de sus vanos, los frisos, las cornisas, las pilastras con capiteles jónicos, y el frontoncillo sobre el pórtico principal. Aquella tarde todavía los andamios cubrían la fachada. Caminé en dirección al parque, y me volteé para mirar otra vez, ese pedazo de Santa Rosalía que es su única pared lateral y que impresiona por su majestuosidad. ©cAc-2014 

Foto tomada en enero del 2014.
Las siglas SR sobre el globo del aplique exterior es pura imaginacion del autor.


samedi 19 avril 2014

Apuntalamiento e inicios de la rehabilitación (Santa Rosalía)














En el 2010, descubrí que la fachada de Santa Rosalía estaba apuntalada, la puerta principal medio tapiada, el interior como un gran espacio vacío, inaccesible, imposible de ver otra etapa del deterioro. Dos años después, en 2012, andamios, vallas, fachada en rehabilitación, y la señal triangular de hombres trabajando en un extremo del edificio, el que linda con el teatro. Aquello de ver Santa Rosalía renaciendo de sus ruinas me llenó de una inmensa alegría. Y qué otra cosa no podría uno hacer, que alegrarnos como pilongos que somos? Dos meses más tarde, aunque aún se mantenían los andamios, la fachada restaurada y el toque armonioso de pintura sobre sus paredes y decorado, empujaban a quedarse allí, para ver el conjunto terminado. ©cAc-2014



vendredi 18 avril 2014

Los años de abandono y lasitud (Santa Rosalía)



El deterioro duró años, a veces imperceptible desde el exterior. Ventanales con su vidriería fueron desarmándose y la humedad y cada día que pasaba, golpeaba el edificio. El pretil comenzó a dejar al descubierto sus ladrillos. La pintura marchitando, la marquetería pudriéndose. Tiempo después, desde afuera podía verse como la mala hierba cubría el patio y hasta los salones contiguos a la calle, y una mata de plátanos miraba a los pasantes desde su sitio detrás de una de las ventanas de su fachada. El deterioro fue brusco entre el 2004 y el 2005. En el 2009 logré entrar en el edificio y cuál no sería mi sorpresa al ver el estado en que se encontraba Santa Rosalía. Beirut de los 80’? Damasco o Alep mutiladas por la interminable guerra? Patio, salones, las molduras de los techos, las arcadas, aquello era un espanto. ©cAc-2014


Santa Rosalía, Academia de Artes Plásticas “L. Romañach”

Fecha incierta, pero después de la intervención del inmueble, y tomado en propiedad por las autoridades locales, fue instalada allí la Academia de Artes Plásticas “Leopoldo Romañach”. Es de este periodo la placa esculpida de la que hablamos más arriba? Tampoco puedo hacerles saber, y no recuerdo la inscripción que una vez estuvo colocada en la parte inferior de la placa. 
La Academia de Artes Plásticas dejó el edificio de la calle Máximo Gómez a finales de la década del 70 cuando abrió la Escuela Vocacional de Arte “Olga Alonso”, levantada al este de la ciudad. Fueron los comienzos del abandono del inmueble legado por Rosalía Arencibia de Abreu. ©cAc-2014

El cierre de la escuela Santa Rosalía

S A N T A   R O S A L Í A
ESCUELA GRATUITA PARA NIÑAS POBRES,
MANDADA  FUNDAR  POR
Da. ROSALÍA   ARENCIBIA   DE   ABREU,
Y  SOSTENIDA  POR  SUS  HIJAS.
1884.


Y, cuándo dejó de funcionar la Escuela Santa Rosalía? Ciertamente no está en mis manos ofrecer una fecha exacta. Según datos de archivos, en 1950, el edificio acogió la Escuela de Artes y Oficios de Santa Clara. Hasta cuándo funcionó esta escuela? Pertenece a este periodo la placa esculpida y que se mantiene en la fachada principal del edificio? Yo supongo que la escuela de Artes y Oficios no era de carácter religioso, pero al leer el histórico del inmueble que aparece en la ficha de presentación de la renovada Santa Rosalía, leemos queEste colegio funcionó con el carácter religioso con que se concibió hasta mayo de 1961 cuando por acuerdo de la JUCEI, la Dirección Provincial de Educación y las organizaciones revolucionarias designaron los interventores para las escuelas que se iban a nacionalizar en esta ciudad, cumpliendo así una disposición de la Revolución de que la enseñanza fuera laica y gratuita.” Si tomamos al pie de la letra esta información, la escuela Santa Rosalía para niñas pobres mantuvo su vocación educativa desde diciembre de 1885 hasta mayo de 1961, es decir durante tres cuartos de siglo. Si la escuela Santa Rosalía fue intervenida y nacionalizada, y las monjas del Amor de Dios (era la misma congregación desde 1885 u otra?) hicieron sus bultos y partieron, qué devino el edificio en ese año 1961? ©cAc-2014

Yendo hacia atrás, para volver a Santa Rosalía


Pero la historia no se limita al legado de Doña Rosalía Arencibia de Abreu y al sostenimiento de la escuela por parte de sus hijas. La historia está ligada a los albores de la villa, cuando el terreno hacía parte de la Ermita de la Candelaria, la cual cubría entonces una superficie de 5 solares. En 1696, el terreno estaba ocupado por el cuerpo de bomberos de la villa, todavía villorrio enyerbado y polvoriento. Entonces Santa Clara era Gloriosa y comenzaba a enhebrar su cotidiano y poner miras a su futuro. Los años pasaron, y ya al final del siglo XVIII, las familias Abreu y Arencibia estaban instaladas en Santa Clara. Desde su instalación, la familia Abreu fue aumentando su lote de propiedades en la villa. La parcela de la calle del Carmen N° 1 (actual Máximo Gómez) hacía parte de esas propiedades y en ella, mandó Doña Rosalía, antes de fallecer, que se construyera una escuela para niñas pobres, y para llevar a cabo la obra, legó 20000 pesos, que hizo saber en su testamento. La Escuela Santa Rosalía fue terminada con el sostén de las tres hermanas Abreu Arencibia: Rosa, la mayor; Marta, y la más joven, Rosalía Paula. La edificación escolar, contaba con cuatro grandes piezas, luminosas y ventiladas, que servían de aulas. Las Hermanas del Amor de Dios, que se ocupaban de la instrucción de las niñas, -casi un centenar-, disponían de cinco celdas. El inmueble ocupaba una superficie de 1215 m². La Escuela quedó abierta el 28 de diciembre de 1885, y mantuvo su carácter de colegio religioso hasta el cierre de la misma. © cAc-2014 


mercredi 9 avril 2014

Santa Rosalía

Cuando entré por la primera vez al edificio que ocupara la escuela Santa Rosalía, ya el sitio estaba marcado por la ruina y el abandono. Creo que fue allá por 1983, cuando el inmueble acogió entre sus paredes, aquella tertulia de sábado provinciano que comenzaba a las nueve de la noche y se extendía hasta comenzada la madrugada. Fue el segundo sitio de la ciudad donde Ramón Silverio, -actor y dramaturgo- se instaló para ofrecer aquella bebida que era un exquisito mejunje y que le diera nombre y renombre al actual Mejunje. Al entrar en aquel edificio de la ciudad, estaba liándome a la historia urbana de Santa Clara y a la saga patrimonial de los Abreu. En ese momento, los curiosos pudimos ver con tristeza la degradación del lugar que viene a ser como una bofetada a la historia. Un buen día Santa Rosalía cerró su puerta a la velada cultural y acogió a aquel que se convirtiera en el más grande parqueo de bicicletas aledaño al Parque Vidal. En los pisos de la otrora institución educacional, en lugar de caer gotas del mejunje silveriano, ron y otras bebidas, cayeron el peso del polvo, de las ruedas y la suciedad del entra y sale de bicicletas. El abandono se enseñoreó del inmueble y justo recuerdo el gris azulado de sus paredes interiores y el bicolor triste de una fachada, casi monumental para Santa Clara, todavía a tiempo de rescatarla para orgullo de los santaclareños. © cAc-2014 

Premio de Conservación & Restauración Villa Clara 2014

El pasado mes de marzo se dieron a conocer los resultados del Premio Provincial de Conservación y Restauración 2014 de Villa Clara. En este onceno evento, quedaron nominados para los galardones, once inmuebles en la categoría Conservación, y dos en la categoría Restauración. En el evento participan obras del sector estatal y también construcciones domésticas particulares. En la categoría Conservación fueron premiados en el orden estatal, “Las Trancas”, situado en el Valle del Sumidero, en la montañosa Jibacoa; y como construcción doméstica particular, la Casa Guardiola, de Sagua la Grande. En la categoría Restauración, no se adjudicó Premio al sector estatal, pero se distinguió con Mención, al recién creado Complejo Gastronómico Cultural “Santa Rosalía”, y digo recién creado, porque el inmueble, otrora escuela para niñas pobres de Santa Clara, legado de Rosalía Arencibia de Abreu, fue rehabilitado y convertido en sitio de pausa culinaria y cultural. En el sector particular el Premio fue otorgado al Hostal “La Estancia” de la ciudad de Remedios, una construcción doméstica cuya restauración y cuidado está en las manos de su propietario, Manuel Antonio García Rodríguez. En estas páginas, me referiré al inmueble santaclareño porque siempre me pareció un misterio y hasta imaginé la época en que las hermanas del Amor de Dios ocupaban las cinco celdas e instruían a las niñas. Después iremos a la villa de Caturla, para tocar a la puerta de la estancia remediana y apreciar su restauración. ©cAc-2014 

dimanche 6 avril 2014

Santa Clara, la de cada vez…

Pintura mural sobre una pared lateral del otrora Teatro Marti en calle Trista y carretera Central
Los tres últimos viajes que he hecho a Santa Clara, han sido cuando ya el año va proa a su final. El primero para cuidar y decir adiós para siempre a mi padre. El segundo, para casi acompañar hasta el final, a Hilda Velia. El último viaje, tormentoso a la llegada, lluvioso a la partida, soleado con aires fríos agradables pero que nunca llegaron a ser invierno. Yo diría un largo otoño con vacilaciones primaverales. Hojas que caían, el limonero y el higo retoñando, el mango florecido, las flores inundando el patio, faena de vientos adelantados, y vuelto a florecer para darme envidia cuando la parición sea una realidad y yo no esté a la sombra de la mata para saborear los mangos. Y en cada viaje, Santa Clara omnipresente. Puestas de sol que pueden dejar boquiabiertos a muchos, el Bélico buscando el norte, el parque viviendo el letargo provinciano, el Cubanicay queriendo estar limpio y la gente empecinada en ahogarlo con trastes y basuras. Santa Clara de mercados dominicales, de la Plaza Apolo con sus artesanos y la calle Villuendas inundada de jóvenes lumpen que quieren vivir del negocio sin doblar el lomo, de barrios que solo conocen sus habitantes, y de carretones tirados por caballos dejando su triste traza fecal que el viento se encargará de dispersar. Santa Clara de tardes amenizadas por la retreta instalada en la glorieta del parque, de nuevas rutas de guaguas haciendo competencia a los carretoneros y a los bicitaxis, reunidos en sus puntos de cabecera, discutiendo de todo y de nada, esperando, esperando, dando pedales hasta la zona hospitalaria o esperando al turista que prefiera ir a la plaza, a la otra, la que está en Virginia, en bici y no a pie. Santa Clara de eventos, de pelota, de tertulias y timbeques, de Mejunje teatro y danza hasta terminar como un trompo, y aquella de mediocridades, de falsas promesas, de noches de la buena suerte o noches marcadas por el brillo y las lentejuelas que esconden senos inflados por la silicona y nalgas postizas como ampollas protuberantes. Ah, Santa Clara!, cuánta cosa vista y cuánta cosa para contar a viva voz, o en pequeño comité. Santa Clara que te queremos, volvemos a la carga, para que sigas compartida entre todos. © cAc-2014

lundi 17 mars 2014

Avatares de un patio provenzal (VI)

Invierno, dicen que suave y sin heladas lacerantes. Invierno en tropel, a mi llegada al valle. Gigante valle con su vena acuosa humectando el aire. Aire tibio, sol permanente, hojas secas esperando el momento de la quema, hojas aplastadas por ciertas lluvias, recalcitrantes vientos, y vencidas por el peso del olvido. Meses de abandono, de soledad desabrigada, de silencio caprichoso. Las ramas queriendo modelar formas cercanas a piernas de bailarinas escuálidas. Los troncos maquillados de viejo musgo que fuera verde que es verde medio gris medio incoloro. Semana sin viento, sin prisa detrás de las hojas, camufladas de alegría, contentas de haber llegado al final, o casi al final de la estación, secas, trepidantes, sedientas…
Invierno con sol, con atardeceres rojizos detrás de los montes que esconden el pueblito. Violetas y pissenlits cubriendo el jardín con apetito. Verdes las hojas elegantes de las hortensias y verdes las agujas de pinos y cipreses. Las sombras inmóviles durante la ausencia de viento, ahora alocadas confundidas desmemoriadas. El marco deformado por la sombra se hace bandera, yo le doy colores y cabalgo sobre la lava en algún lugar de Islandia. Sigo el hilo de la sombra y mis ojos se posan afuera. Sobre una rama del abedul, una tórtola viuda desafía al viento que ulula sin reparos.

Invierno esperando morir, con amaneceres azulados alzándose por un costado del Mont Ventoux. Calvo, encanecido, el monte no teme al viento, y como la tórtola, lo desafía, le riñe, se deja abrazar y luego lo despide, como a un amigo que conoce, viejo andante por esos lares. El patio pierde la calma, las margaritas enfrentan una ráfaga del viento, se pliegan, danzan y besan el suelo. Jacinto púrpura y rosa viejo. A un lado y otro del patio, separados por una lengua de césped carcomido. Cuarenta inviernos soportó el decano de los cipreses. Cadáver marrón espinoso vomitando un último aliento de vida vegetal. Adiós ciprés. Patio en duelo, abatido por el tiempo. El viento arrecia. La hiedra se afana a comer proteger vivir sobre un tronco grueso. El viento no hace la guerra a la hiedra. Gritan dos urracas y despiertan a la familia de ardillas refugiadas en el tronco ahuecado, al fondo, donde nadie va, donde no molesta el viento. El viento cesa. Cuestión de minutos, de vida y muerte. Soplará hasta mañana, y luego vendrá la calma, hasta el retorno. ©cAc-2014

dimanche 16 mars 2014

Como una rueda, la vuelta se hace…

…se hace casi siempre al atardecer, cuando del sol queda la nostalgia y allá por el Cabo de San Antonio, un hilo tenso cuelga del astro y corta en dos mitades el golfo. Al voltearse febrero, el avión despega en busca del tercer mes del año que ya ha comenzado para millones de gentes al otro extremo de mis sueños. Se va volteando la estructura metálica, y nos deja ver las luces de San Cristóbal que tintinean dispersas como faroles chinos alumbrando el sendero a una gruta. La vuelta no tiene marcha atrás. El retorno está previsto cuando los ciclones queden dormidos hasta la próxima temporada. Vuelvo de un invierno suave, pobre en silencios. Y dejo atrás como otras veces, la voz apagada de mis padres. De Hilda Velia, dormida para siempre con el rosario entre sus manos bonitas y delicadas. De Jimena enterrada no lejos del Arroyo Grande. Las vueltas son peligrosas cuando el tiempo hace de la rueda un gigante desvestido. Hay vueltas y volteretas. Yo vuelvo, y siempre vuelvo porque así lo quiero. Sin rencores, quizás alguna que otra frustración prendida como alfiler en un pañuelo de recuerdos. Y cuando vuelvo, sigo usando los pañuelos bordados por Olga con las iniciales de mi padre, o las mías, pañuelos que han secado alegrías y tristezas, y emboscado catarros otoñales. Quién dice que no hay otoño en la tierra que un adelantado pisara al claro de luna de un noviembre lejano en el tiempo. Caen las hojas del mango y del limonero y hacen un colchón espeso en el patio. Patio vestido de salvia, de oloroso orégano y orquídeas que sorprenden a la mañana, mientras van abriendo y ganando en color. Caen las hojas de la yagruma y de los almendros. Caen. El otoño es como una pincelada. El desamparo de los árboles. La ilusión de ponerse un chal, mi madre, mis tías. Ilusiones destartaladas por el tiempo y la vida. La vida en ruedas. A veces con alas para llegar al Bélico y asustar las garzas blancas que por allí anidan. Siempre sobre dos ruedas, rodando por la ciudad de Marta, sobre dos ruedas que vueltas hacen… ©cAc-2014