El tiempo se ha enfriado con un viento alisios que quiere sabotear la tarde del sábado. Teguise hace su siesta como isleña que se respeta. Una calma insular nos mira pasar y se sorprende de que no hagamos nosotros culto a la siesta. Buscamos la tiendita de María, la señora que siendo niña vio partir a hermanos y tíos, a la isla grande, a la que los sacaría de aquella miseria pedregosa. No encontramos a María detrás de su mostrador, ni tampoco la bodega, ahora, irreconocible. En una calle-plazoleta, Gervasio fumaba su tabaco canario con la vista perdida en un pasado reciente. De blanquísimos y anchos muros, Teguise me hizo como el resto de la isla, un guiño de complicidad familiar, un voto para que volvamos cuando el sol le sonría y caliente sus tejados. ©cAc
La Catedral de Santiago en Šibeník (Croacia)
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Dicen que es sorprendente la catedral cuando se descubre desde el mar. Yo
la descubrí bajo una fina llovizna, yendo del fondo a su fachada principal.
A la...

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