El viajero se fatiga y necesita un oasis. Haría es un oasis verde y palmeral. El sol no enceguece y la brisa no golpea. El pueblo duerme su siesta vespertina y las calles desoladas no infunden pánico. Sombras de las que caen ya pasado el mediodía se mueven armoniosamente cubriendo los muros blancos de las casas y los comercios cerrados. Un hilo de agua corre por el barranco que atraviesa el pueblo, el hilo brilla agujereado por el sol y la tierra húmeda por las recientes lluvias deja escapar tímidos vapores. Respira el volcán y de sus venas sale el aroma de antiguas cenizas. Haría es casi nuestro. ©cAc
La Catedral de Santiago en Šibeník (Croacia)
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Dicen que es sorprendente la catedral cuando se descubre desde el mar. Yo
la descubrí bajo una fina llovizna, yendo del fondo a su fachada principal.
A la...

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