En días pasados entré en el edificio que fuera la iglesia de los Celestinos, en la aviñonesa Place des Corps-Saints para ver la exposición “Du mont Ventoux au mont Fuji Rapprochements inédits” de la pintora Louise Cara. Entré motivado por los dos montes, y porque me resulta fantástico apreciar obras de artistas entre los muros de la otrora iglesia, hecho que da vida al patrimonio, y que yo aplaudo. Leer la “prière” de Louise Cara empuja a sentirnos gigantes como los dos montes, entonces comenzó mi deambulación por la iglesia. Fui escalando uno y otro, transpiré haciendo ese tramo abrupto que va del puerto de las Tempestades a la cima del Ventoux. Lo vi al amanecer desde la escotilla del avión en su descenso à Narita. Los vi envueltos en tinta japonesa imaginados por la artista. Misteriosos. Y el misterio se apoderó de mí, cuando la isla se me apareció como virgen negra entre los dos montes. Quedé hipnotizado.
La
isla apagada. Negra como la tinta. Apagada.
Callada
por el miedo a la oscuridad. Callada.
Callada
por el miedo a ser golpeada por las olas, las olas
comiéndose sus orillas.
Oscuridad
verde de marabuzales. Oscura.
Silencio
negro de tomeguines. Silenciada.
Palmas
despeinadas llorando lluvias.
El
diente de perro como esperanza loca. Desencantado.
Hombres
y mujeres pariendo desencantos. Esperanzados.
Le di la espalda a la isla que no era más que el encanto tintado de uno de los montes delineados por la artista. Lloré avergonzado incapaz con tanta oscuridad de ver mis modestos montes. Los de Louise Cara se apiadaron de mí, y me dieron la mano para mirar a uno y otro, eternizados para siempre. ©cAc-2026



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