mercredi 2 novembre 2011

La Toussaint

Ayer fue feriado en Francia. Pour la Toussaint. En un reportaje de la televisión, mostraban la asistencia a las tumbas de sus familiares de los vecinos de un pueblo bretón. Delante de las cámaras, la perfección, el humanismo, la familiaridad. No voy a referirme al sentimiento expresado por esa gente entrevistada. Voy a pensar en voz alta eso que pienso, y que el reportaje me hace escribir. La perfección no existe, es como un sinónimo de hipocresía cuando brota ese “tout va bien” que no es tan “tout va bien” como la gente hace querer ver. El humanismo visto como una visita a los ancestros desaparecidos, cuando en vida faltaron tantas visitas. La familiaridad expresada como el “partage” de sentimientos de tres generaciones poniendo crisantemos en una losa marmórea. En la vida cotidiana, esa del “tout va bien”, las tres generaciones apenas se codean, ni tan siquiera un timbrazo para saber si de verdad “tout va bien” o cómo van realmente las cosas. Yo detesto los días feriados, y prefiero quedarme en casa, escribiendo, leyendo, vaciando las gavetas de recuerdos, para quedarme con los buenos y tirar, como dice Rita en su monólogo, los malos atados de una cinta roja, al fondo de un saco ahuecado… sin embargo, ayer, ayer después de la lluvia, caminé sin prisa por las calles medio vacías de mi barrio y que a izquierda y derecha me llevan al cementerio de Montmartre. El gris de arriba con los grises de abajo confundía el aire y las losas. Margaritas y crisantemos. Sepulcros vacíos, sepulcros a perpetuidad, ennegrecidos por la contaminación, vestidos de musgos de un amarillo ocre, salpicados de manchitas blancas. Había comprado en la calle que lleva a la entrada principal, una rosa blanca, casi perfecta, con una lágrima rodando por un pétalo. Me detuve frente a la losa sobre la cual está inscrito ESTEVEZ y aunque sé que Marta es polvo en su sepulcro del habanero Colón, coloqué la rosa en aquella que fuera temporal morada. La puse al corriente del caudal del Bélico, le hablé del timbre impreso en su memoria y me despedí sin promesas. Caminé por la avenida de los Polacos, a veces cabizbajo, a veces atento al gorjeo de un cuervo perdido entre las galerías de las divisiones. De ese lado, nadie se paseaba excepto yo, una dosis de tristeza se apoderó de mis pensamientos y volví atrás, o adelante, a la puerta del cementerio de Montmartre, y volví a pie a mi casa. ©cAc

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