jeudi 26 mai 2011

Acoso e intimidación en el paseo matinal por San Juan



El inmueble, que fuera el cuartel del regimiento de Dragones, de la infantería española, fue construido mucho más alto que el nivel de la calle, sobre una suave colina, donde terminaba el pueblo por ese lado. Desde la esquina le hice una foto al antiguo cuartel. Seguí caminando y pasé frente al edificio, y como leí en el cartel que era una escuela, y no está permitido fotografiar escuelas y sus interiores (salvo si la dirección da el visto bueno!), no me tomé el trabajo de hacer otras fotos del mismo. Seguí caminando, y fue cuando descubrí la plaza triangular donde en 1923 fuera erigido un monumento al apóstol José Martí. Y en ese descubrimiento estaba cuando fui interpelado por tres personas, las que sin presentarse, me preguntaron que quién era yo y para qué hacía esas fotos. Me presenté y les dije que era historiador y urbanista y que hacía fotos como soporte visual de artículos y crónicas sobre los pueblos villaclareños. Pero quién lo manda, qué organismo? –insistió la mujer trigueña situada entre una mujer bajita, sobre lo gordita, un poco hombruna y un hombre alto, delgado, con un maletín de funcionario en la mano. Y con quién tengo el gusto, por favor? La trigueña, muy segura de sí, se presentó como la instructora del partido en San Juan, los otros dos, funcionarios; a mí me parecieron los típicos funcionarios trotapueblos, mirando y verificando, pero no solucionando. No recuerdo cómo terminó la conversación ni qué camino tomaron. Yo me decidí a hacer una foto del cuartel en gran ángulo, pero sin atreverme a acercarme a la escuela. Una mujer que comenzaba a limpiar las escaleras, me hizo seña de que subiera. Jovial me dijo que trabajaba allí en la ENU Manuel Angulo. Me mostró el patio, los pasillos techados y dónde estaba el aljibe. Le dije que iba a tomar algunas fotos para mi trabajo. Me daba pena interrumpir, estaban en plena limpieza, pues el lunes siguiente tenían una visita y venía la prensa y la televisión. Quiso saber si yo hacía parte de esa visita, y le fui sincero, no, yo era un simple curioso. Quise saber más del cuartel, de su conversión en escuela, entonces me presentó al profesor de historia, gentil sanjuanero que no solo me contó sino que me mostró viejas fotos y antiguos libros de aquella que fuera “La Avellaneda”, cuando Florentino Martínez era el secretario de la Junta de Educación, y Micaela Machado la maestra. El cuartel había sido convertido en escuela en 1901. Me hablaron del Beso de la Patria, y de los actos que tuvieron en 1953 en San Juan, por el centenario del natalicio de Martí. Y en eso estábamos, cuando por arte de magia se aparecieron, por la puerta que da al patio, la instructora del partido y su comparsa. No estaban claros de de para quién yo trabajaba (les aseguré que para nadie, que era mi interés personal), -entonces tiene que identificarse-, siempre la instructora llevando las riendas de lo que ya me parecía un encierro, quiso ver mi “carné de identidad” –no lo traigo conmigo-, le respondí. La mujer jovial como si nunca me hubiera visto y hablado se convirtió en aliada del trío, el profesor de historia, pálido, no abrió la boca. Cuando me dijo la instructora que fuera a la estación de la policía, le dije, mire, esta es mi dirección en SC, y si quiere puede llamar a estos teléfonos, y di por terminado el encierro, que me pareció el principio de una cacería. Como yo me sentía seguro de lo que hacía, di por terminado aquel acoso. Saludé y dejé la antigua escuela La Avellaneda sin mirar atrás. Regresé en el tiempo, a aquellos en que Micaela alertaba de la ausencia de muchas niñas a los cursos. A veces anotaba que la ausente había muerto de fiebres. La guerra había terminado apenas un lustro. Las consecuencias y los traumatismos provocados por la reconcentración, todavía estaban a flor de piel. Pasé por la plazoleta triangular, Martí callado, bajo el sol de San Juan, y no pude impedirme de contarle mis cuitas. Eran las once pasadas. Caminé un poco, entre turbado e indeciso. Seguía haciendo fotos o regresaba a Santa Clara? Frente al inmueble del Casino, unos vecinos me dijeron –eso fue el Casino, y ahora es el “casi-no hay nada”, está pela’o! Sonreí, y seguí mi camino. Era aquello una provocación? No en balde puede uno devenir paranoico. Seguí derecho por toda la calle, ahora con el temor de hacer fotos, que evidentemente seguí haciendo, pero algo había herido en mí, mi libertad, mi deseo de descubrir, de fotografiar, de hacer una crónica sobre San Juan. Busqué el camino de la Bija, guiándome por la ceiba gigante, para llegar a la entrada del pueblo, convertida en salida para mí casi rayando el mediodía. Debajo de un árbol, por la carretera, un policía motorizado, controlando a los choferes que “botean” entre San Juan y Ranchuelo. Nada con ruedas para “huir” de aquel San Juan convertido en pueblo de interrogatorio. Al cabo de un rato, un camión. La mujer de “amarillo” lo detuvo y todos corrimos hacia el camión rojo que nos sacaría de allí. La brisa de la carretera fue calmando mis nervios, que evidentemente estaban sacados de sus raíles. En ese momento pensé “quel gâchis”, como pierden tiempo los cubanos con tanta veladera y desconfianza. Y recordé que yo también había perdido tiempo, y que me había faltado en la visita, la iglesia, el que fuera ayuntamiento, y el cementerio, podía haber preguntado, pero a quién? ©cAc

1 commentaire:

  1. Lo siento mucho, de veras. En cierta ocasión hice una pequeña investigación sobre el Padre Hurtado de Mendoza y me sentí tan mal como usted por las continuas trabas y preguntas en una escuela que debería agradecer cualquier mención. De toas formas, hice el trabajo.
    Mis respetos para usted.

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