lundi 28 décembre 2009

Ivèr prouvençau, ivèrn lengadocian

Hay tendencia a mezclar otoño e invierno, y me parece razonable. Uno va con el otro, se persiguen, se disputan, y vuelven a unirse en ronda de hojas y ventiscas. Hay días invernales durante el otoño, y otoñales jornadas a comienzos del invierno. Pero cuando no quedan hojas por testigo, y la desnudez de los árboles deja pasar esa claridad extraña que nace con el alba y sigue latente hasta pasado el mediodía, el invierno se antoja una bendición. Una caminata se impone antes que comience a declinar el día. Los senderos entre las viñas se hacen largos y al final se entrelazan con el cielo. El cielo cuenta mucho en una caminata invernal. Nevará? No hace frío como para que nieve. Una manada de jabalíes se escabulle entre la garriga, maúlla un gato montés y dos cuervos nos miran desde una rama alta de un castaño. Las cepas de viñas tiritan; los cipreses, se mantienen erguidos encapuchados de un verde adolorido. El tomillo se aferra a la tierra. Caminamos con las manos escondidas en los bolsillos. Serpenteamos los caminos que hace cuatro meses atrás verdeaban. Silencio, un manto de silencio en derredor. La garriga, austera, también sigue arropada, como los cipreses. En un recodo del camino, y de vuelta a nuestro punto de partida, aparece con toda la magia invernal mi Fuji provenzal. Gris de fondo, gris de frialdades por venir. El azul-gris le permite destacar su silueta. Como un volcán andino apagado, pero desprovisto de nubes su cima. La punta, blanca, como gigante calvo y en sus flancos altos, una lava avainillada desciende y se detiene. Sagrado Mont Ventoux. El invierno puede durar ahora todo lo que desee, si me deja caminar entre las piedras que el Ródano lanza en sus desbordes y mirarte desde estas tierras languedocianas. Las manos heladas, se confían al fondo de los bolsillos. Siento que quieren volver a casa, y apresuro el paso ante un chinchin que maltrata las mejillas. Comienzan a caer minúsculos copos, y de pronto los copos se convierten en lluvia, llovizna fina, hiriente, que moja mi cabeza huérfana de sombrero. Entramos a casa convencidos de la pulcritud del invierno, de l’ivèrn lengadocian. ©cAc

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