jeudi 15 octobre 2009

Oyá, orisha dueña del cementerio.

Es casi medianoche. En la avenida del Norte, que no es más que una calle de tierra rocosa que comienza en el río, hay gente que se apresura en dirección al oeste. El norte está lejos, y nada que ver con esa calle desamparada y pobre. La oscuridad de la « avenida » no impide el ajetreo. A medianoche comienzan los tambores y cantos y voces que rasgan el viento, más fuerte, menos fuerte, viento con sabor a frutas ácidas, porque la orisha Oyá sabe conducirlos por fuertes que sean. La casa, de madera. Una vieja casa que se inclina hacia el este como arrengada por el peso de los años. La casa en pleno movimiento, de la sala se escapa el vapor húmedo de los cuerpos que danzan. Danzan invocando a Santa Teresa, para que aleje ese muerto que se esconde entre los que bailan y cantan. En una esquina, el altar. Santa Teresa parada, mirando con ojos tempestivos la furia de la danza motivada por los tambores. Una morena alta y corpulenta transpira mientras danza y su saya con cintas de nueve colores da vueltas y vueltas, y la morena parece como si volara. Las cintas revolotean. La morena cae en trance y balbucea nombres de muertos, pide que la lleven, que la lleven lejos. El arcoiris de la saya marca el atributo de Oyá. Una mujer se arrastra y llora y deposita a los pies del altar, una cesta con berenjenas, al lado de otras frutas, que han traído los devotos de la orisha. Sobre un paño blanco una paloma muerta y detrás, en una sopera de porcelana pintada de nueve colores, una gallina pintada, y otra negra, y una bandeja con panes hechos de harina de frijol. La gente entra y siguen depositando ofrendas. La dueña de casa agradece el gesto, lleva un collar de cuentas rojas y marrones y saluda con respeto apretando fuerte las manos. Los cantos van cesando, se come y se toma, se conversa bajito, aunque ningún vecino duerme. Todos están presentes. La vieja Silvana se apoya en su bastón. Es la primera en salir de la casa, va a la cabeza del grupo, no parece vieja, enferma y encorvada. Van con Oyá a la puerta del cementerio. Los acompañan Oba y Yewá. El camposanto está lejos, pero eso no impide la caminata. Los cánticos ayudarán a hacer corto el camino. Al pasar por el río, justo donde se corta Candelaria, invocan otra vez a Oyá, que también se asimila a la virgen de la Candelaria. Los orishas de la muerte van cargados de muertos. Los dejarán allá, del otro lado del cementerio. Oyá vela con sabiduría, es justa, y solo guerreará cuando el momento le sea propicio. La verja del cementerio está cerrada. Silvana tira el bastón y danza, danza como si toda la fuerza de Oyá la acompañara. Al rato se desploma. Los hijos la sostienen y con la claridad del alba, el grupo, en silencio, regresa a la casa de la avenida del Norte. ©cAc

Muñeca vestida de color vino, representando a Santa Teresa, durante la celebración del 15 de octubre, en una casa de devotos a la santa católica y orisha del panteón yoruba cubano.

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